—Tu tío, goy, es cabalista. Estudia la cábala, que es la almendra del Talmud. Conoce el lenguaje de los seres que no se dejan ver.
Ella le llamaba siempre goy (cristiano), y no obstante la religión del pequeño, se complacía en describirle el gran triunfo del pueblo de Israel, tal como lo relataba el Talmud.
Para Claudio, este libro valía tanto como Las mil y una noches. Su imaginación de niño melancólico le hacía desear incesantemente nuevos relatos maravillosos que le alejasen por unas horas de la realidad.
Era un hambriento de cuentos, incapaz de hartura. En casa del canónigo, apenas veía al ama de gobierno sentada y haciendo calceta, ponía los codos en sus rodillas pidiendo que le relatase una vida de santo, con muchos martirios horribles aplicados por los paganos, muchas apariciones del demonio, muchos gemidos de almas en pena. En París no se cansaba de rogar á Sefora que le relatase los prodigios y las enormes fiestas de la llegada del Mesías, con la victoria final del pueblo de Dios.
Su precocidad no había dejado pasar inadvertida cierta sonrisa de conmiseración de su tío al sorprender á la vieja criada relatando estos cuentos maravillosos del Talmud. Luego, siendo ya hombre, se había explicado tal sonrisa. Existían dos Talmuds, y el más famoso, el llamado de Babilonia, era una recopilación popular, en la que habían colaborado todas las clases de la raza hebrea durante el segundo siglo del cristianismo.
Hombres eminentes, como Hillel, Akiba y otros rabinos célebres, depositaban en dicho libro pensamientos de sublime dulzura evangélica. El pueblo había incluído extravagancias y supersticiones entre sus anhelos de gloria y de triunfo. Siempre acosados y humillados, soñaban estos eternos perseguidos con los desquites de la venganza y del poder, consignándolos en las páginas del Talmud entre las exageraciones de una imaginación oriental.
Claudio lamentaba que las historias de Sefora fuesen actualmente para él simples cuentos de vieja. ¡Ay, quién pudiera contárselas otra vez!... Deseaba verse siempre niño y olvidar los relatos maravillosos del día anterior para oirlos de nuevo con reforzada virginidad.
Sefora le describía á Jehovah teniendo á ambos lados sus dos animales favoritos: un cuervo y un león. Las dimensiones de este cuervo era fácil imaginarlas. Un sapo del tamaño de un pueblo de sesenta casas se veía sorbido con toda facilidad por una serpiente. Luego, el cuervo, de un solo picotazo se tragaba á ambos animales.
Cuando el león no estaba al lado del Señor, vivía en la selva de Elai, y no había nada, ni aun la misma voz de Jehovah, que pudiera compararse con su rugido. Un emperador de Roma, deseoso de conocer á este animal extraordinario, exigía á los rabinos, bajo pena de muerte, que lo trajesen á su presencia. El rabino Josuá iba á buscarlo en la mencionada selva para conducirlo á Roma. Cuando estaban á cuatrocientas millas, el león lanzó un rugido, uno nada más, pero de tal potencia, que todas las mujeres encintas abortaron y los muros de Roma se vinieron abajo. A trescientas millas volvió á rugir, y de tal modo conmovió la atmósfera, que á todos los romanos se les partieron los dientes, y el emperador cayó rodando de su trono, pidiendo á gritos que se llevasen otra vez la bestia á su guarida.
El gran placer de Jehovah era estudiar el Talmud en compañía de los ángeles, y durante sus descansos llamaba á Leviatán, rey de las bestias del mar, para entretenerse jugueteando con él. Sólo la sabiduría de famosos rabinos había podido apreciar las dimensiones de dicho animal. Temiendo el Señor que se reprodujese, lo había castrado, dando muerte á la hembra y guardándola en conserva para el banquete del pueblo elegido.