Un día que el rabino Sifra viajaba por el mar, vió un pez enorme, cuya cabeza, adornada con cuernos, ostentaba en la frente este rótulo: «Soy la criatura más pequeña del Océano». No obstante tal afirmación, el rabino se dió cuenta de que medía unas trescientas leguas de largo. En esto apareció Leviatán y se tragó el inmenso animal como si fuese un gusano.
Su mirada es de un brillo irresistible, cada una de sus pupilas contiene trescientos toneles de aceite, y de él se ha dicho «sus ojos son los ventanales de la mañana». Muchas veces, los navegantes, al ver su dorso cubierto de arena, sobre la cual crecen cañaverales y árboles, lo tomaron por una isla, saltando á ella para guisar su comida; pero la bestia, al sentir el calor del fogón, se agitaba, enviando por el aire hombres, leños y calderos.
—Cuando venga el Mesías, goy—continuaba la vieja—, los judíos dominarán á todos los pueblos de la tierra. Su victoria resultará tan enorme, que serán precisos siete años para quemar las armas de los vencidos. Todas las riquezas del mundo vendrán á manos de los nuestros, y el tesoro del rey-Mesías será tan grande, que se necesitarán trescientas bestias de carga para llevar solamente las llaves de sus millones de arcas repletas de dinero.
Recibiría el israelita más humilde dos mil ochocientos esclavos; pero finalmente, todos los pueblos, después de su enorme derrota, abrirían los ojos, pidiendo la circuncisión y la túnica de los prosélitos, quedando el mundo entero poblado de judíos.
—Entonces, goy, la tierra producirá sin trabajo tortas con miel, vestidos de lana y un trigo tan hermoso, que cada uno de sus granos será tan gordo como los dos riñones del buey más grande.
Tras estos relatos del Talmud, producto del orgullo delirante y la sed de dominación de un pueblo atropellado durante siglos y siglos, la vieja describía el banquete de la humanidad entera para celebrar el triunfo del Mesías.
Este banquete de miles de millones de convidados se compondría de tres platos: pescado, carne y ave. El pez servido sería el famoso Leviatán. El ángel Gabriel lo pescaría clavándole un arpón en la nariz. Además, el cuerpo de su hembra estaba guardado y salado desde el principio de la creación para dicho festín.
El segundo plato lo proporcionaría Behemot, «el buey de las selvas», antiguo como el mundo, que á pesar de su ancianidad se mantiene tierno como un novillo. Todos los días devora la hierba de mil montañas, y este pasto se renueva durante la noche. Los buenos creyentes, para afirmar algo grave, juraban por «su parte del buey Behemot»; tal era su convicción de que no les faltaría un pedazo de su rica carne el día del gran banquete.
Como tercero y último plato, iba á ser servido un gallo silvestre, que, según la descripción hecha por las Aggadas ó «Relatos» del Talmud, apoya sus patas en la tierra, mientras su cresta se pierde en las nubes.
Una vez lo vió el rabino Chanina, desde un navío, en alta mar. Sólo estaba hundido en el agua un poco más arriba de los espolones y su cabeza tocaba el cielo. Esto les hizo creer que el ave gigantesca se hallaba sobre un promontorio submarino, lo que permitiría á los viajeros aprovechar tal ocasión de bañarse sin peligro; pero una voz celeste avisó al rabino que el hacha de un carpintero había caído allí mismo siete años antes y aún no había llegado al fondo. Uno de sus huevos, al desprenderse del nido, hizo pedazos trescientos cedros gigantescos, y su yema inundó y destruyó sesenta pueblos. Cuando se le ocurre abrir sus alas, eclipsa con ellas el sol.