Borja no revelaba á nadie la creación incesante de episodios fantásticos que embellecía su existencia interna. Ya no tenía quien le relatase cuentos, como en su niñez; pero ahora se los contaba á sí mismo, fabricándolos nuevos, con el vigor de una fantasía incansable. Todo cuanto le rodeaba parecíale mediocre é indigno de él. Quería libertarse de tal esclavitud, y para ello se echaba á volar por todos los cielos falsos y seductores que la humanidad inventó con el deseo de hermosear la vida. Sentíase enamorado de personajes que nunca habían existido ó de los cuales no quedaba en el mundo la más mínima partícula original, tan remotos eran.

Los seres irreales, los que habían nacido de la imaginación humana, le atraían con preferencia á los personajes históricos, revestidos de materia. Durante mucho tiempo estuvo enamorado de Helena, por lo mismo que dudaba de que hubiese existido. La creía nacida de la imaginación de Homero ó de los poetas errantes que habían inventado la obra homérica. Y lo que más le encantaba de esta mujer casi irreal era que, sin haber nacido tal vez nunca, vivía miles y miles de años, hasta llegar á nuestra época, donde otro gran poeta, Gœthe, la acoplaba con Fausto, un imaginativo de anhelos insaciables y sobrehumanos, con el cual se reconocía Borja cierto parentesco.

Luego, ascendiendo en sus deseos imaginativos incapaces de hartura, como todo lo que se despega de la realidad, amó mentalmente á Venus, la más alta y compleja de las manifestaciones de la belleza.

Nunca había visto la antigüedad clásica como los otros hombres, serena, majestuosa, alegre, con una sonrisa extrahumana. A él le placía lo atormentado, los rudos contrastes, una concepción romántica de belleza y fealdad, de alegría y dolor. Sólo aceptaba los dioses clásicos, los de los primeros siglos de civilización mediterránea, cuando podía verlos deformados á través del cristal de la Edad Media. El Olimpo era más bello en plena noche, cuando el diablo tomaba asiento entre los antiguos dioses, bajo una luz humosa de cirios cristianos. El viejo Pan, con sus jocundas tropas de faunos, sólo empezaba á interesarle á partir del momento en que la superstición lo convertía en Satanás seguido de legiones de trasgos, y las antiguas bacanales campestres se transformaban en el impío aquelarre del sábado.

El dulce Virgilio de las Geórgicas era durante la Edad Media un hechicero, un mago que fabricaba amuletos para librar á Nápoles de las moscas, obrando otros prodigios que siglos después hubieran resultado suficientes para hacer morir á un hombre entre llamas.

La Venus adorada por Borja no era la de los pintores clásicos, desnuda sobre las espumas mediterráneas, ó sentada en nubes blancas y duras como el mármol, bajo incesante lluvia de flores. Era la Venus que había conocido el poeta Tannhäuser, la que vivía durante la Edad Media en grutas de rosada luz ó en ásperas montañas como el Venusberg, atrayendo á los hombres con la tentación de su carne inmortal, representando la voluptuosidad y el pecado en medio de repiques de campanas, cantos graves de procesiones y la marcha convergente de ejércitos de peregrinos hacia Roma para implorar el perdón de sus culpas.

Esta Venus no se mostraba desnuda, y por debajo de su túnica griega asomaba un pie en forma de garra, tres uñas corvas con uniones membranescas, una extremidad semejante á las patas de las aves de presa, revelación de su origen infernal. Su cortejo de ninfas era en realidad una banda de brujas con músicas y cantos de aquelarre. Sistros y liras los reemplazaban con castañuelas y panderetas, instrumentos de sabático regocijo. Ciertos padres de la Iglesia no podían leer ni balbucir el nombre de Venus sin que un estremecimiento de horror los agitase de la cabeza á los pies.

Esta Venus medieval era doble. Una segunda persona se había encarnado en su belleza. Los rabinos, enterados de lo que ocurrió en el Paraíso, conocían la existencia de una mujer temible, cuya vida ha de durar tanto como el mundo. Esa mujer es Lilit.

Cuando Adán se apartó de Eva después del pecado, Lilit cohabitó con él, dando nacimiento sus cópulas malditas á todos los espíritus diabólicos, lemures, larvas y fantasmas que pueblan la tierra. Miles de años después, la inmortal Lilit fué una de las esposas favoritas del rey Salomón.

Durante largos siglos imperó sobre el mundo como gran princesa de los súcubos. Era ella la que tentaba con nacaradas desnudeces á los ascetas en sus pobres chozas del desierto; ella la que perturbaba con lúbricas pesadillas el sueño de los monjes castos; la que daba rumor de música voluptuosa al viento que sopla en las cumbres desiertas; la que ponía una ninfa de carne marfileña y velos verdes en cada fuente, una dama blanca peinándose las guedejas de oro en cada torre encantada, un gentilhombre de capa roja, penacho enhiesto y patas de macho cabrío en todo camino de la selva, para presentarse al viandante con una pluma y un pergamino en sus manos, ofreciendo amor, gloria y riqueza á cambio de una firma.