El poema dramático de Wágner, resumen de diversas leyendas nórdicas, era para Borja el alma de la Edad Media circunscrita en palabras. Nada faltaba en él: los trovadores, hambrientos de belleza, sin la cual la vida no vale la pena de ser vivida; las muchedumbres de peregrinos ansiosos de lavarse del pecado afluyendo á Roma desde los cuatro puntos del horizonte; Tannhäuser, el eterno descontento, suspirando por lo que no tiene y olvidándolo cuando lo consigue, para solicitar de nuevo lo que abandonó; Venus, la tentación, la voluptuosidad, el pecado; y el Santo Padre, sucesor omnipotente de los antiguos Césares, indignándose al saber que un mortal ha sido compañero de lecho de la terrible Lilit, reina de las abominaciones, negándose á absolver al réprobo, colocándolo con su interdicción por encima de todos los hombres, haciendo de él un ser excepcional de grandiosa y lóbrega majestad, tétricamente hermoso como el ángel caído.

¡Ay!... Borja admiraba al cantor errante, envidiando su felicidad maldita. Era un enamorado sin esperanza de Venus Lilit, que ya no se digna mostrarse á los simples mortales.

II
La viuda del «rey de los campos»

Mientras Borja condensaba en un instante toda su vida anterior, tenía los ojos fijos en la dama argentina.

Había admirado su belleza al conocerla en casa de Bustamante, pero aquí en el hotel la veía de más cerca, sin las joyas y adornos, que aquella noche daban á su hermosura un brillo deslumbrador. Recordaba aún cierto collar de diamantes que había excitado la admiración y la envidia de las otras mujeres. Ahora sólo llevaba uno de perlas, de fulgor discreto, sobre su carne que parecía tener la misma transparencia láctea. Su vestido de elegante sencillez era el único que había guardado su doncella en la maleta del automóvil, para que la señora pudiese bajar al comedor cuando pernoctaban en un hotel. Se adivinaba en toda su persona el tocado rápido de una viajera que ha llegado al caer la tarde y después del baño se acicala á toda prisa para ser vista únicamente por los otros compañeros de hospedaje y reanudar la marcha á la mañana siguiente. Olía á carne fresca recién sumergida, á jabón, á rápidas vaporizaciones de perfumes.

Claudio fué detallando con los ojos su hermosura, para explicarse la fuerza atractiva que parecía rodearla, como una aureola. Lo que inmediatamente llamaba la atención era la blancura de su tez, que hacía recordar la de la perla, la del marfil, la de todas las materias albas y luminosas que poseen un suave brillo interior. Nunca la había alterado con pinturas. Dedicaba indudablemente al mantenimiento de su belleza horas enteras, pero dicho trabajo lo disimulaba con discreta habilidad; sólo un poco de rojo en los labios, una ligerísima aureola azul en torno á los párpados, una sutil línea negra en sus comisuras.

Borja reconoció que lo más atractivo en ella, á pesar de las proporciones estatuarias de su cuerpo, era su sonrisa, una ligera sonrisa que parecía vagar sobre sus labios, así como la mirada húmeda, dulce y melosa de sus ojos, con los párpados algo oblicuos.

La vió en su imaginación coronada de violetas, como la Afrodita de los cantores griegos, cuando las Horas se la llevaron al Olimpo arrebatándola al Mediterráneo, entre cuyas espumas acababa de nacer. Se fijó en su cabellera corta y rubia, sin ningún adorno, con el descuido de un arreglo rápido ante el espejo para bajar al comedor; pero esta visión no fué más que de sus ojos. Al mismo tiempo la contemplaba en su pensamiento con un tocado de diosa. Indudablemente estaba coronada de violetas, como Afrodita. Su olfato percibía dicho perfume.

Siguió hablando á la señora de Pineda de un modo maquinal. Tenía la certeza de no estar diciendo cosas absurdas ni inconvenientes, pero ignoraba la significación de sus palabras. Describía tal vez su existencia en Aviñón, sus ilusiones, lo que pensaba decir en aquel libro que concretaba por el momento todos los esfuerzos de su voluntad. También podía ser que estuviese hablando de sus amigos de Madrid y de la noche en que se conocieron. Mientras tanto, lo más valioso de su interior se abstraía y concentraba para resucitar todos sus recuerdos sobre el pasado de esta mujer.

El señor Bustamante había hablado muchas veces en su presencia de la señora de Pineda, viuda rica de Buenos Aires. Poseía estancias enormes, rebaños que parecían incontables, varias casas en la capital de su país, y sin embargo su esposo se creyó pobre al morir, por haber poseído antes mayores riquezas. Admirador de los capitalistas de América, no creía Bustamante ofender á esta gran señora al relatar en público las particularidades de su existencia; antes bien, se imaginaba con ello aumentar su mérito, dando á su historia cierto interés novelesco.