Rosaura Salcedo pertenecía á lo que puede llamarse aristocracia colonial, unas cuantas docenas de apellidos repitiéndose en el transcurso de siglo y medio, cantidad de tiempo que significa al otro lado del Atlántico una remota antigüedad. Los Salcedo habían sido ricos cuando la riqueza estaba representada en América por terrenos sin límites, con bueyes casi salvajes guardados por gauchos no menos rudos, y de estos rebaños inmensos sólo podían aprovecharse las pieles y el sebo, destinados á la exportación. La carne de las reses era para las nubes de cuervos monstruosamente engordados por el interminable festín de la Pampa.

Las familias de Buenos Aires comían los frutos traídos de su chacra en las inmediaciones de la ciudad. Vivían con sencillez patriarcal y al mismo tiempo en un aislamiento aristocrático, cruzándose siempre entre ellas matrimonialmente. En verano iban á sus estancias, amenazadas muchas veces por las incursiones de los indios. La llegada de un buque de vela con noticias de Europa era un acontecimiento.

Describía Bustamante el brusco cambio de este mundo colonial, pobre en dinero, abundante en alimentos y de limitadas aspiraciones. Dicha revolución la habían realizado el fusil de tiro rápido, el alambre, el vapor y el frigorífico.

Los soldados del país, al avanzar por el interior, así que disparaban el primer tiro de su fusil cargado por la boca, tenían que batirse con el indio que se les venía encima usando sus mismas armas, la lanza y el machete, con lo cual resultaban interminables las guerras. Ante la carabina de repetición huyó el indio, declarándose vencido, y los blancos pudieron posesionarse de la Pampa inmensa. Esto había sido casi en nuestros días, después de 1870.

El propietario puso cercas á sus tierras gracias al alambre, y sus muros casi invisibles crearon los caminos, obligando al gaucho errabundo y bandolero á marchar en determinada dirección, lo que afirmó el orden público y garantizó la propiedad.

Trajo el vapor hasta el mar dulce del río de la Plata buques de todas las banderas, con una ligereza que multiplicó sus viajes, y á la vez se introdujo tierra adentro sobre rieles que acortaron las distancias. Los vecinos de Buenos Aires pudieron crear parques de recreo en sitios donde poco antes galopaban tribus de indios belicosos. Cada éxodo de emigrantes acampó una jornada de ferrocarril más lejos del grupo llegado con anterioridad. Nacieron docenas de ciudades en llanuras consideradas tan remotas como los puertos europeos. De las planicies sin límites, pobladas por hombres de todas las naciones, empezaron á descender hasta la costa oleadas de trigo y de maíz.

La invención del frigorífico acabó de consolidar esta prosperidad. Ya no valió dinero la ganadería únicamente por sus lanas, sus cueros y sus grasas. La carne pudo ser artículo de exportación: y este simple invento de un francés estudioso, Claudio Tellier, muerto en París pobremente en una calle de la orilla izquierda del Sena, sirvió para crear la incontable familia de los millonarios argentinos, nacionales y extranjeros.

No aprovechó la familia Salcedo tal revolución económica, quedándose para siempre dentro de la antigua vida colonial. Cuando se centuplicó el valor de estancias y ganados, apenas les quedaban á ellos tierras ni animales. Habían intervenido en las luchas políticas del país por entusiasmo romántico, consumiendo en ellas la mayor parte de su fortuna. Eran hombres desinteresados, generosos, algo fanfarrones, predispuestos á la guerra y la aventura por amor al peligro: las mismas cualidades del antiguo conquistador muerto pobre.

El padre de Rosaura, varón hermoso y bravo, sólo se preocupaba de ser tenido por muy caballero, de que le admirasen los de su bando político y temieran los adversarios su valor y su audacia. Siendo aquélla todavía niña, lo mataron en un duelo, uno de esos terribles duelos de la América del Sur entre tiradores de pistola que han consumido mucha pólvora en sus estancias para no aburrirse, y que preside la muerte indefectiblemente. Siempre cae uno, á veces caen los dos, y si ambos contendientes salen ilesos, es por raro azar.

Rosaura, hija única, creció al lado de su madre, dama en la que parecían revivir las energías y méritos de las antiguas criollas, muy señoras en su salón y hábiles al mismo tiempo en el manejo de su estancia, mientras los maridos cabalgaban lejos, en revoluciones y guerras civiles. Realizó esfuerzos milagrosos para que el prestigio de su familia no se hundiese en medio de la ascensión general de los otros hacia la gran riqueza. La consideraban «pobre, pero muy señora», y los nuevos millonarios de origen extranjero buscaron su amistad, no obstante ser cosa sabida que la madre y la hija trabajaban ocultamente en su domicilio, cosiendo y bordando para ciertos establecimientos de Buenos Aires que les habían tenido en otra época como parroquianas importantes. Con esta labor se proporcionaban un nuevo ingreso para los gastos de su casa.