Cuando Rosaura tenía diez y ocho años, la vió Pineda por primera vez. Bustamante se entusiasmaba al hablar de este español, describiéndolo como un conquistador nacido con tres siglos de retraso. Era hombre de negocios, comerciante de tierras, pero en proporciones enormes, con una amplitud y una audacia sólo posibles en un mundo nuevo.

—Durante uno de sus viajes á Europa—decía don Arístides con patriótico orgullo—, Pineda, á quien llamaban «el rey de los campos», visitó la Bolsa de Londres, y al ver una pizarra en la que se inscribían ofertas de negocios en los lugares más diversos de la tierra, escribió con tiza: «Se venden tres mil leguas cuadradas de terreno.» Todos creyeron que era broma. ¿Un hombre solo podía poseer una extensión mayor que la de muchas naciones?... Y sin embargo así era. Nuestro compatriota aún llegó á disponer de terrenos más vastos. Había comprado la mayor parte de la República del Paraguay. Todas las selvas casi vírgenes á un lado y á otro del Alto Paraná y del río Paraguay, hasta las entrañas del Brasil, eran suyas. En las llanuras argentinas, el ferrocarril marchaba horas y horas entre campos de su propiedad; y si se detenía en una estación, también era de su pertenencia el pueblo reciente ó el inmenso solar con calles y plazas marcadas á cordel sobre el cual había de levantarse el pueblo futuro.

Esta propiedad inaudita que fraccionada en porciones enormes se extendía por todas partes no era inmutable y sólida. Parecía vivir, agitándose como un monstruo en formación. Cada veinticuatro horas cambiaba de aspecto, restringiéndose cual si fuese á desaparecer ó dilatándose con el súbito estiramiento de larguísimos tentáculos. Pineda compraba y vendía, compraba y vendía. Consideraba perdido su tiempo cuando en el curso de una sola jornada no había recibido enormes cantidades con una mano para entregarlas con la otra. Un notario á sus órdenes trabajaba en su mismo despacho, haciendo solamente escrituras de compra ó venta para él.

—Yo lo compro todo—decía con arrogancia—. El precio importa poco; sobre eso acabaremos siempre por entendernos. Lo único que me interesa es fijar los plazos y condiciones del pago.

Todos los Bancos le ayudaban para que siguiese dirigiendo con una audacia metódica y organizadora esta zarabanda de millones. Compraba en bloque centenares de leguas para lotearlas y venderlas á plazos, siendo sus mejores clientes los emigrantes que desembarcaban en la Argentina deseosos de trabajar. También hacía suyos por escritura inmensos territorios en el corazón de América, cerca de los ríos navegables, poblados únicamente por el tigre de piel de oro con redondeles obscuros, por boas enormes ó diminutas víboras enroscadas en las corolas de las flores silvestres, por familias errabundas de indios llevando pendientes de plomo en sus orejas, lo que hacía llegar éstas más abajo de sus hombros, míseros restos de una primitiva y triste humanidad.

Estas compras audaces eran, según él, dinero que colocaba en alcancía para el porvenir. La vaca y el hombre en busca de nuevos pastos vendrían con el tiempo á instalarse en dichas tierras, y él las vendería, aumentando su precio mil por uno. Todo fructificaba bajo su mano. Era semejante su influencia á la de ciertos abonos que dan proporciones colosales á plantas y frutos. Bastaba que un terreno pasase á ser propiedad de Pineda, para que á las veinticuatro horas valiese doble ó triple. Conocía como nadie los trazados de futuras líneas férreas, de nuevas conducciones de agua, de caminos en proyecto. Los propietarios colindantes, apenas lo tenían por vecino, consideraban aumentado el valor de sus bienes.

Fué en su época de mayor poderío cuando conoció á Rosaura. La madre de ésta hizo una visita al «rey de los campos» en sus oficinas de la Avenida de Mayo, más grandes y con más empleados que algunos ministerios argentinos.

No resultaba fácil ver á Pineda, pero la señora tenía confianza en el prestigio de su propio nombre. Además, esta dama bondadosa guardaba la tradicional vanidad de los criollos, acostumbrados á mirar como inferiores á cuantos vienen á establecerse en su país. Todo el que no hablaba en español era gringo para ella, y á los españoles—á pesar de que se mostraba orgullosa del origen español de su familia—los apodaba «gallegos», como lo había oído á sus ascendientes. Nada tenía de extraordinario que el «gallego» Pineda, con todos sus millones, se apresurase á recibir en su despacho á la señora viuda de Salcedo... Y así fué.

La dama necesitaba un consejo. Su hija poseía como única herencia paternal un trozo de terreno, insignificante por su pequeñez en un país donde se cuenta por leguas; pero la adquisición hecha por el español de enormes campos inmediatos y la posible construcción de un ferrocarril daban á esta parcela un valor inesperado. Representaba algunos miles de pesos, que podían mejorar modestamente la situación de la familia, y ella venía á pedir al multimillonario que comprase su terreno ó le aconsejase qué cantidad debía pedir á otros, deseosos de adquirirlo.

Pineda la escuchó distraído, fijos sus ojos en Rosaura, que le miraba también, pero con una indiferencia cortés. Luego la joven examinaba entre sonriente y aburrida las particularidades de aquel despacho, amueblado suntuosamente á la inglesa.