Había venido acompañando á su madre por obra del azar, porque debían hacer luego una visita juntas. La molestaba esta conversación sobre campos y miles de pesos, é igualmente el ruido de las oficinas inmediatas, el tecleo de las máquinas de escribir, las discusiones entre los empleados y gentes rústicas, con poncho y altas botas, llegadas de las tierras del interior.
Pineda cesó de mirar á Rosaura para prometer á su madre el estudio inmediato del asunto, no obstante sus muchas ocupaciones. Antes de veinticuatro horas daría una contestación, y pidió permiso para llevarla él mismo á casa de la señora de Salcedo. No quería que dos damas como ellas volviesen á este lugar de negocios.
El multimillonario tenía cuarenta años y había pasado su existencia ocupado en la conquista del dinero, no sólo por los goces materiales que éste procura, sino además por conseguir la potencia dominadora de la riqueza. Le faltaba tiempo para saborear las delicias del verdadero lujo. No había conocido otros amores hasta entonces que los fáciles y pagados. El trabajo, por otra parte, mantenía en él una segunda juventud, algo tosca, pero vigorosa.
Era llegado el momento de que su inaudita fortuna recibiese una consagración social. De vivir en Europa, tal vez habría pensado adquirir por matrimonio un título nobiliario. Aquí le parecía un término digno de su carrera casarse con una Salcedo. De este modo, en el Jockey Club, donde había conseguido entrar por sus millones, se vería rodeado de parientes. Además, ¡aquella Rosaura de tentadora juventud, que parecía haber dejado un reguero de perfumes al pasar por su despacho, alta, blanca, rubia, balanceando su esbeltez con un paso de diosa!...
Al día siguiente la señora de Salcedo le vió entrar en su salón, enguantado y puesto de chaqué, mirando con timidez los retratos y muebles algo anticuados de esta pieza, que le parecía oler á libros viejos: la historia del país, desde los tiempos coloniales. El español pudo alabarse de haber proporcionado á dicha señora la mayor sorpresa de su vida. Quedó tan absorta al oir que el multimillonario solicitaba casarse con Rosaura, que le rogó repitiese su oferta, creyendo haberle entendido mal. Al fin, turbada por la emoción, pidió tiempo para responder. Necesitaba hablar á su hija.
Ésta mostró menos asombro. No se le había ocurrido que aquel hombre de negocios, grave y algo maduro, fuese capaz de una pasión amorosa; pero siempre tuvo fe en su destino y estaba segura de que un día ú otro algún millonario se ofrecería como esposo. Varias veces había sentido interés por ciertos jóvenes de su mismo rango social; pero todos eran pobres, necesitaban crearse una fortuna, y ella sólo podía escoger un marido rico. Amaba la «plata» por ver á todas horas con qué respeto casi divino la consideraban las gentes. Apreciaba, además, el dinero como un complemento de la belleza. Ella tenía derecho á poseer millones. Era una deuda del Destino, que debía cobrar indefectiblemente un día ú otro.
Aceptó con más prontitud que su madre la demanda del español, y á los pocos meses se casó con él, conociendo de golpe todas las satisfacciones vanidosas de un lujo sin límites. «El rey de los campos» encontró estrecho el escenario de América para ostentar las magnificencias de que rodeaba á su mujer, y abandonando los negocios la trajo á Europa. Cuantos imaginan y fabrican en París costosos objetos para adorno de la belleza femenina vieron elevarse en el cielo de la moda un nuevo astro: Madame de Pineda. Encargaba los trajes á docenas; se cubría de joyas tan inauditamente valiosas, que muchos las consideraban falsas en el primer momento, necesitando que les dijesen el nombre de la célebre millonaria para creer en su autenticidad.
Los países jóvenes, de riqueza extraordinaria, caminan á grandes saltos, crecen con rudos estirones, como plantas fecundadas por abonos violentos. Cada ocho ó diez años sufren una crisis económica por avanzar demasiado aprisa; se asfixian con la violencia de su carrera; necesitan dejarse caer en el suelo para respirar ó retroceden en busca del asiento que despreciaron antes. Los que no han previsto esta parada se estrellan con el impulso de su propia velocidad.
La Argentina sufrió de pronto una de sus parálisis financieras; y «el rey de los campos», que marchaba siempre adelante con los ojos cerrados, confiando en su buena suerte, se vió, como muchos decían, «con un pie sobre el abismo». Había seguido comprando inmensas extensiones, todo lo que le ofrecían, mientras por otro lado cesaba la venta de tierras á causa de haber disminuído la emigración. Escaseaba el dinero en Europa por culpa de una miserable guerra surgida allá en los Balkanes, entre pueblos insignificantes. Una sequía exterminaba á miles vacas y novillos. Las estancias parecían campos de batalla con el horizonte abullonado de negro por los bultos de los animales muertos. Nubes de langosta obscurecían el sol en mañanas radiantes, devorando el trigo. Las siete vacas flacas después de las siete gordas; el período de interminables calamidades que se inicia inesperadamente en todos los países de abundancia paradisíaca.
Batalló Pineda tres años contra la mala suerte. Como lo compraba todo, preocupándose únicamente de la forma del pago, ó sea de los plazos, debía muchos millones á los Bancos del país. Éstos tuvieron que formar un comité liquidador, especie de gobierno provisional, para la administración y venta de sus campos, grandes como Estados. La preocupación mayor de Pineda fué que Rosaura no se enterase de su verdadera situación, manteniéndola al margen de la crisis. Cuando, avisada por las murmuraciones de sus amigas, quería saber si los apuros financieros de su esposo eran ciertos, éste la tranquilizaba con un optimismo hábilmente fingido. Debía continuar su vida de siempre. Era una ligerísima nube, un eclipse pasajero. Podía gastar lo mismo que antes. Y conoció la voluptuosidad amarga del sacrificio al pagar cuentas enormes que le presentaban de parte de su esposa, teniendo que ir después á discutir ásperamente con la junta de banqueros ú otros acreedores más modestos, y por lo mismo más temibles.