«El rey de los campos» murió de pronto, sin ninguna enfermedad preliminar. Muchos creyeron en un suicidio disimulado. Se iba del mundo antes de ver consumada su derrota. La viuda de Pineda (una viuda de veinticinco años) miró á su alrededor con ojos de asombro, como si despertase de un sueño color de rosa. Se asustó al tener que conversar por primera vez con los directores de aquella inmensa oficina donde había conocido á su esposo, con banqueros, abogados y representantes de casas europeas, que le hablaban de millones debidos, de hipotecas cuantiosas. Le infundían pavor tantos centenares de leguas de terreno, como si fuesen desiertos, que ella debía atravesar á pie y sola. Nunca había recibido tantas visitas de hombres que fingían no verla, mientras le hablaban de cosas monótonas y enojosas. Ninguno sonreía ni la dedicaba cumplimientos galantes, como los otros que había conocido en los salones ó la visitaban en su palco del Teatro Colón.
Su soledad se agrandó con la muerte de su madre. Parecía que la pobre señora, orgullosa del triunfo matrimonial de su hija, hubiese querido seguir al yerno en su derrota. Sólo le quedaron á Rosaura un niño y una niña, hijos tardíos de Pineda, que hicieron desear á éste nuevas riquezas precisamente cuando empezaba á iniciarse su ruina. Eran tan pequeños, que su vista, en vez de animar á la madre, la hacía caer en profundo desaliento derramando lágrimas. «¿Qué será de ellos? ¿Cómo salvarlos?... ¡Yo que no sé nada de estos negocios de los hombres!»
Pero la fortuna, que muestra en los pueblos jóvenes una inconstancia de viento caprichoso, cambió repentinamente de orientación por ser en dichos países los años favorables más numerosos que los malos. Se reanudaron los negocios, circuló otra vez el dinero; de la gran masa que sólo quería vender empezaron á surgir adivinadores del futuro, dispuestos á comprar, y poco á poco fué restableciéndose la vida antigua.
Una mañana Rosaura se vió rica otra vez, sin que pudiera explicarse la causa inicial de tan milagrosa transformación. Del mismo modo se había acostado tiempo antes creyéndose una de las mujeres más poderosas del país, para despertar pobre al día siguiente. Los Bancos vendieron la mayor parte de sus territorios, fueron pagadas las deudas con rebajas considerables, como se hace en las quiebras de las naciones, y al fin, después de un año de disputas, arreglos y juntas de abogados, llamados allá doctores, que cobraron por sus trabajos cuentas únicamente comparables á indemnizaciones de guerra, la viuda se vió al frente de una gran fortuna. Sólo era débil recuerdo de la omnipotencia de su esposo, pero de todos modos conservaba á Rosaura su rango entre las millonarias del país; tres estancias, varias casas en la capital, numerosos paquetes de acciones prometedoras de dividendos seguros, y sobre todo esto, la solidez de dichos bienes, no sujetos á las fluctuaciones de la especulación.
Europa la atraía, y especialmente París. Los médicos de Buenos Aires conocen una enfermedad puramente argentina que se ensaña siempre con las mujeres. Muchas languidecen sin motivo justificado. Ninguna contrariedad las aqueja en su fortuna ni en su familia, y sin embargo están tristes, sus ojos se humedecen, se aburren en medio de las abundancias del bienestar, sus nervios en desorden las hacen imaginarse toda clase de dolencias. El médico, después de largo examen, sonríe y dice al esposo:
—Lo que tiene su señora es la enfermedad de París.
Como Rosaura no necesitaba permiso para este viaje, lo emprendió inmediatamente. Además guardaba cierto rencor contra las gentes de su mundo. No podía olvidar los comentarios desdeñosos con que la envidia había acogido su casamiento, á causa del humilde origen de Pineda, ni tampoco la alegría de muchas amigas al creerla pobre otra vez y para siempre. Una parienta modesta (la parienta venida á menos, sumisa y hacendosa, que existe en casi todas las familias) la acompañó á Europa para cuidar de sus dos pequeñuelos.
Volvió á ser ornamento principal del pequeño mundo americano de lengua española que vive en París, preocupado de no faltar en lo más mínimo á las respetables leyes del chic, siguiendo las modas escrupulosamente, comentando con orgullo de raza y al mismo tiempo con envidia las riquezas y gastos de sus compatriotas más elevados. Tuvo un hotel cerca de la Avenida del Bosque, una «villa» en la Costa Azul para los meses invernales, y el verano lo repartió entre Deauville y Biarritz. Era casi imposible leer las crónicas de los diarios sin tropezar con el nombre de «la bella argentina Madame de Pineda».
Unos amigos españoles, á los que conoció en Biarritz, despertaron su deseo de visitar España. De ella habían salido sus ascendientes por la doble línea de padre y madre; de ella era Pineda, al que debía su fortuna. Atravesó el país en automóvil, visitando con una curiosidad que á los pocos días se convirtió en molestia las pequeñas ciudades, decadentes y adormecidas, de las que habían salido sus abuelos, pobres gentes llegadas al virreinato del Río de la Plata cuando dicho país, entre blancos, indios y negros, tenía menos habitantes que cualquier ciudad mediana de ahora.
Debieron ser los primitivos Salcedo gente ruda y buena, de sentimientos caballerescos, mucho honor, mucha religión y pocos cuidados higiénicos. Ella había visto aún de niña cómo hombres y mujeres vivían en las estancias lo mismo que el soldado en plena guerra. Las nubes de mosquitos y otras plagas sanguinarias hacían oportuno el mantenimiento de una costra de grasa sobre la epidermis. Tal vez á causa de esto los nietos de los millonarios que habían obtenido su riqueza en la Pampa llegaban á los más complicados refinamientos en el cuidado de sus personas. Era una compensación de familia.