Rosaura dedicaba tres ó cuatro horas matinales al cultivo de su belleza corporal. Diariamente pasaban ante su lecho masagistas, esculpidoras de la carne, cuidadoras de las manos y los pies, directoras de Institutos de Belleza, que decían poseer valiosos secretos para el mantenimiento de una frescura primaveral en las partes del cuerpo ocultas bajo el vestido pero que se dejan adivinar por sus contornos.

Fué en Madrid donde estuvo más tiempo. Don Arístides Bustamante, que había conocido á la rica argentina en Biarritz, creyó un deber patriótico el acapararla, siendo su guía en los museos y en las excursiones á las ciudades históricas más próximas. Lo mismo hacía con todos los personajes llegados de América, célebres por los cargos políticos que habían desempeñado en su país ó dignos de atención por sus apellidos y su riqueza.

Abominando de la vida política á causa de la ingratitud de sus amigos, había buscado el iberoamericanismo como fresco bosquecillo de refugio, en el que podía respirar ampliamente su vanidad. Era el grave abogado de abundancia verbal, monocorde é inagotable como un arroyo lóbrego, que al dedicarse á la política, ya algo maduro, llega á ser ministro una sola vez. Pasaba las tardes en la Cámara de Diputados, siendo de los primeros que, al pronunciar un discurso algún personaje importante, llegaba á él con la mano tendida, diciendo: «Ha estado usted muy bien de palabra.» Y le parecía que no era posible formular un elogio mayor.

El jefe de su partido, después de hacerlo ministro una vez, ya no había pensado más en él, como si con ello hubiese pagado una deuda y se considerase libre de nuevos compromisos. Bustamante no olvidaba con la misma facilidad este suceso, que parecía haber partido su existencia en dos secciones, una de sombra y otra de luz, como la cumbre de una montaña divide dos vertientes. La historia propia, la de su patria, la de los otros pueblos, la vida entera de la humanidad, todo lo contemplaba partido por el meridiano de su ministerio. Cuando le hablaban de un suceso en España ó en el Japón, decía luego de reflexionar: «Eso ocurrió antes de mi subida al poder», ó «Recuerdo que fué después de haber sido yo ministro». Hasta la literatura la dividía con arreglo á tan memorable suceso, y la fecha de la aparición de un libro ó del estreno de una obra teatral la fijaba según los años transcurridos antes ó después.

Nunca había estado en América; mas luego de hablar con varios presidentes de repúblicas pequeñas expulsados por una revolución y numerosos diplomáticos que habían solicitado su cargo para vivir en Europa, lejos del amado país, se creía de una competencia indiscutible para razonar sobre los acontecimientos y problemas iberoamericanos.

Iba almacenando en su memoria las crónicas domésticas de las familias más ricas y notables de toda la América «hispanoparlante», como él decía; llevaba la cuenta de matrimonios, enfermedades y muertes; gozaba intenso deleite detrás de su máscara grave cuando alguien recién llegado de allá le contaba, bajo promesa de secreto, sucesos ó escándalos molestos para otros compatriotas que habían pasado por aquel mismo salón unos meses antes. Creía en el talento político y la inspiración poética de todos los personajes, generales ó doctores, que desde la frontera de Texas al cabo de Hornos se carteaban con el ilustre presidente de la «Fraternidad Hispanoamericana». Con esto cumplía un deber de hombre bien nacido, pues los otros, á su vez, lo consideraban uno de los personajes españoles más eminentes.

—Nuestro porvenir está en América—decía el ex ministro á todas horas, pensando que tal afirmación consolidaba su propia importancia.

Nunca había podido adivinar Borja el carácter de dicho porvenir. No era económico, pues á la modesta producción española le resultaba imposible abastecer los mercados de diez y nueve naciones. Político tampoco. Nadie podía soñar en una reconquista de las antiguas colonias. El solemne personaje no daba explicaciones y seguía repitiendo con la voz misteriosa de un oráculo: «Nuestro porvenir está en América.»

A la millonaria argentina la recibió y agasajó con una generosidad egoísta. Era la reina de Saba, bella y deslumbrante, que venía del país de las riquezas á saludar al Salomón del hispanoamericanismo. La «Fraternidad» presidida por él dedicó á la rica señora una de sus comidas mensuales, con guitarreos, cantos andaluces, bailes de diversas provincias y zambra final de parejas gitanas.

Luego, en una comida más íntima, en casa del señor Bustamante, se habían visto por primera vez Rosaura y «el caballero Tannhäuser». Y ahora, transcurridos dos años, volvían á encontrarse inesperadamente en un hotel de Aviñón.