Borja hacía esfuerzos mentales para seguir recordando todo lo oído por él, fragmentariamente, sobre la vida de esta mujer. Alguien había sonreído con malicia al hablar de ella y de un tal Urdaneta, personaje también americano que residía casi siempre en París. Tal vez Bustamante había dicho esto. Bien podía ser otro, pues la señora de Pineda era un tema de conversación, á causa de su riqueza, su hermosura y su elegante fausto, para todas las gentes de lengua española que pasaban por París. Algo más había oído; algo que no podía recordar, pero seguramente interesante...

Le fué imposible seguir rebuscando en su memoria. Ella le hablaba, insistiendo en su pregunta al verle distraído. Y se dió cuenta de que esta pregunta era una consecuencia de lo que él había dicho maquinalmente, mientras su imaginación se hallaba ocupada en resucitar el pasado.

La dama quería saber cómo se le había ocurrido escribir un libro, un poema en prosa, sobre don Pedro de Luna, el Papa español de Aviñón.

Borja tuvo que volver á remontar el curso de su propia historia. Se vió de pequeño, cuando vivía en Valencia al lado del canónigo Figueras. El ama del sacerdote le llevaba á oir misa en la inmediata parroquia de San Nicolás. Mientras permanecía de rodillas, su mirada, después de vagar sobre imágenes y altares cubiertos de oro, iba á posarse en un retrato oval del papa Calixto III, vestido de rojo, con un becoquín de púrpura ribeteado de armiño cubriendo su cabeza.

Se había llamado Borja, lo mismo que él, y empezó de simple beneficiado en esta iglesia. El pequeño no podía explicarse cómo un clérigo de una parroquia de Valencia había emprendido el viaje á Roma para llegar á ser Papa en su ancianidad. Además, dejaba abierto el camino del Pontificado á un sobrino suyo, el famoso Rodrigo de Borja (Alejandro VI, tercer Papa español), padre de una numerosa familia que italianizó su apellido, convirtiéndolo en Borgia.

Esta inexplicable ascensión de Alfonso de Borja, el clérigo de la parroquia de San Nicolás, aún parecía inaudita después de cinco siglos. La vieja ama del canónigo explicaba al niño que un hombre puede llegar á serlo todo, cuando tiene fe en Dios y concentra sus fuerzas en un deseo. El Pontífice representado en el cuadro oval había repetido desde su infancia: «Yo seré Papa, yo seré Papa»... y lo había sido. Su historia portentosa dejaba un refrán en la vida valenciana, que decía traducido al castellano: «Si quieres ser Papa, métetelo en la cabeza.»

Al ser hombre, sintió Claudio Borja la curiosidad de conocer el verdadero motivo histórico de esta carrera que le parecía inexplicable, y sus rebuscas sobre el primer Borgia le hicieron encontrarse con don Pedro de Luna, enorme como un coloso tallado en el bloque de una montaña.

La viuda de Pineda le escuchó con interés. En un salón de su casa de París, en una terraza de su «villa» en la Costa Azul, habría encontrado fastidiosas estas explicaciones del joven Tannhäuser: ¡pero en el ambiente de Aviñón, ciudad que había atravesado siempre con lamentable prisa, proponiéndose volver á ella para vivir unos cuantos días junto á sus murallas atractivamente «románticas»!...

De pronto le inspiraron envidia aquellos viajeros, inmóviles en sus asientos, escuchando la música ó conversando sordamente, en espera de la hora de acostarse, para visitar al otro día el castillo de los Papas, los baluartes de la ciudad, el «puente roto» sobre el Ródano.

—Es vergonzoso—dijo—que yo no conozca Aviñón después de haber pasado tantas veces por él. Una mañana me detuve para visitar el palacio de los Papas. Iba con Urda... con un amigo mío; pero nos cansamos de ver tantos salones sin muebles, de escuchar al guía, y nos fuimos... Con usted es diferente. Usted explica muy bien las cosas. Además, ese Santo Padre que á usted le entusiasma, también empieza á interesarme mucho. Siempre me han gustado las gentes de carácter fuerte, los hombres de voluntad que saben lo que quieren y lo quieren de veras.