Prometió ir al día siguiente con Borja á conocer el palacio fortificado de los Pontífices. Tal vez en la misma tarde continuaría su viaje. Lo mismo podría prolongar este descanso dos ó tres días más. Su doncella y su chófer estaban acostumbrados á las irregularidades y caprichos de su manera de viajar.

Nada tenía que hacer en la Costa Azul; nadie la esperaba. Había llegado la primavera, y las gentes que pasan el invierno junto al Mediterráneo se hallaban ya lejos. Borja expresó con timidez una duda que venía preocupándole desde mucho antes:

—Sí que parece extraordinario que una señora como usted vuelva en esta época á la Costa Azul, cuando todos los de su clase se han marchado. Sólo por un motivo importante y urgente...

Rosaura le miró como si quisiera sondear su pensamiento. Luego dijo con afectada simplicidad:

—He querido olvidar la vida de París, no ver gente, pasar las horas sin pensar en nada, mirando al Mediterráneo.

Y sin percatarse de la incoherencia entre este deseo y su nueva afirmación, añadió:

—Estaba en París demasiado sola... Me aburría.

III
La gran cautividad de Babilonia

Siguiendo las indicaciones de su acompañante, Rosaura echó la cabeza atrás para abarcar con su vista la altura del monumento.

Un lado de la plaza estaba ocupado por una construcción enorme, robusta, asentada sobre el suelo con majestuosa pesadez, dejando adivinar la amplitud extraordinaria de sus muros. Todo era en este palacio-castillo de forma rectangular, de líneas rígidas, con esquinas que habían sido verticales y aparecían ahora dentelladas por las roeduras del tiempo ó las huellas de los proyectiles de piedra que arrojaron las bombardas durante los sitios.