La arquitectura civil de la Edad Media no había producido en el interior de las ciudades nada semejante. Su masa formidable ocupaba una superficie de más de seis mil metros cuadrados, con muros macizos y desnudos, verdaderos muros de fortaleza, sin las rasgaduras luminosas y coloreadas de los ventanales con vidrios. Las cortinas de piedra tendidas de una torre á otra tenían arcos prolongadísimos que empezaban á ras del suelo, remontándose audazmente hasta cerca de los matacanes y las almenas. Pero dichos arcos, estrechos como un hierro de lanza, los cegaba un segundo muro. Eran obras salientes de refuerzo, pilares unidos por ojivas, que parecían añadir nueva robustez al palacio-fortaleza. El sol y la atmósfera habían teñido de suave rojo muros, almenas y torres.

—Es el color de Aviñón—dijo Borja—; el color de sus templos, murallas y puentes, de todo lo que en esta tierra fué construído con piedra. Parece reflejar una interminable puesta de sol; recuerda el tono de las hojas otoñales.

Luego llamó la atención de su acompañante sobre la amplitud de la plaza, obra de don Pedro de Luna. Durante cuatro años y medio se había defendido en este palacio con su pequeña guarnición de españoles, y al triunfar por algún tiempo, hizo destruir los edificios inmediatos, como si presintiese los nuevos asedios á que iban á someterle sus enemigos.

Las casas actuales eran posteriores al reinado de los Papas de Aviñón, vistosos palacios del Renacimiento, construídos por los legados que enviaba Roma para gobernar la ciudad. A un lado de la plaza, junto á la colina sobre el Ródano, llamada el peñasco de Doms, estaba la catedral, con su campanario rematado por una imagen cubierta de oro; torre posterior á la que aprovecharon los enemigos del papa Luna para batir el palacio vecino con sus bombardas.

Otra vez la viuda argentina y su acompañante volvieron á fijar sus ojos en la extensa fachada del castillo. No era posible mirar otra cosa. Su enormidad parecía absorber todos los edificios próximos. La catedral de Doms, que no era grande, se achicaba aún más pegada al palacio. Rosaura lo admiró como si lo viese por primera vez. Le parecía más gigantesco estando al lado de Claudio Borja, «que sabía explicar muy bien las cosas».

—Yo he leído un poco—dijo con modestia—; lo que puede leer una mujer de mi clase: libros de entretenimiento aconsejados por la moda, «zonceras» casi siempre, lo reconozco. Muchas veces, al pasar por aquí, se me ha ocurrido la misma pregunta: «¿Por qué hubo Papas en Aviñón?...» Va usted á burlarse de mi ignorancia y de que no haya hecho el menor esfuerzo por esclarecerla. Usted se irá convenciendo, amigo Borja, de que acompaña á una mujer indigna de su sabiduría.

Claudio rió de esta hipócrita y sonriente humildad, apresurándose á disculparla. La misma pregunta se hacían muchos al hablar de Aviñón y muy pocos procuraban conocer el motivo de tal hecho histórico.

—El mundo no era entonces como ahora—siguió diciendo—; no existía Francia en su forma actual; tampoco existía España; y en cuanto á Italia, no era más que un conglomerado de pequeños Estados en incesante ebullición. Príncipes y barones feudales vivían de las rapiñas de una continua guerra. El Papa, señor de grandes territorios en torno á Roma, se veía despojado de ellos por las familias nobles y belicosas del país.

Mientras el Santo Padre era venerado por el resto de la cristiandad, los romanos sólo veían en él á un señor como los otros, obedeciéndole si era poderoso, menospreciándolo cuando un pequeño soberano lograba vencerle. Familiarizados con los Papas por haberlos visto simples hombres antes de su elevación, no parecían temer gran cosa los rayos de sus excomuniones.

La ciudad de Roma era uno de los lugares más inseguros de la tierra. En sus calles se batían casi á diario las bandas de los Orsini y los Colonna, familias rivales, en eterna disputa por la posesión de la antigua urbe, majestuosa como un cementerio, casi despoblada, con más ruinas que edificios enteros. A veces los dos grupos rivales pactaban momentáneo acuerdo para imponer duras humillaciones á un tercer contendiente, que era el Papa. No había altura en el campo romano que no estuviese ocupada por un castillo de barón bandolero. Atravesar las cercanías de Roma en el siglo XIV para ver al Pontífice resultaba tan peligroso como ir hasta Jerusalén en busca del Santo Sepulcro. Los peregrinos eran asaltados y robados por las bandas feudales, quedando muchas veces prisioneros hasta que llegaba el rescate exigido por el señor.