Dentro de la capital del orbe cristiano se vivía como en una selva, entre emboscadas y astucias mortales, con las armas en la mano á todas horas y la casa bien cerrada. Los de un bando tenían su fortaleza en el castillo de San Angelo; los otros se habían atrincherado en el Capitolio.
Estas guerras interminables destruían los majestuosos recuerdos de la antigua civilización romana, con una barbarie mayor que la de las invasiones venidas del Norte. Los barones echaban abajo arcos de triunfo, termas, columnatas de los palacios de los Césares, para construirse torres y casas almenadas en las callejuelas de la Roma medieval. Los capiteles de marmórea hojarasca, las lápidas cubiertas de inscripciones, los fragmentos de estatuas, todo servía de sillares para estas fortalezas urbanas.
Aparecían los Papas ante el resto de la cristiandad como si viviesen en Roma, pero sólo estaban dentro de ella cortas temporadas, durante las grandes ceremonias que hacían necesaria su presencia, ó en momentos de tregua, cuando las dos facciones, por cansancio, deponían las armas. Consideraban más prudente instalarse en el castillo de alguno de sus sobrinos, que la influencia papal había convertido en gran señor, ó en pequeñas ciudades agradecidas al Santo Padre por la enorme muchedumbre de viajeros que atraían su presencia. Aún perduraba en Italia la separación entre güelfos y gibelinos, aceptando una parte del país con malicioso regocijo todos los infortunios que pudiera sufrir el Papa. Uno de los más enérgicos, al que suponían por su tenaz voluntad ser de remoto origen español, Bonifacio VIII, se veía insultado y hasta abofeteado en su propio castillo de Anagni á causa del abandono en que lo dejaron sus compatriotas.
Defendiendo los derechos de la Iglesia, emprendía una guerra tenaz contra Felipe el Hermoso, rey de Francia. En vano lo excomulgaba, atrayendo sobre su cabeza las iras del cielo. El monarca tenía á su lado como ministro un jurisconsulto de Tolosa, Guillermo de Nogaret, meridional que por su audacia aparece en la Historia como un precursor de Dantón y otros personajes de la Revolución francesa.
Nogaret tomaba la ofensiva, pasando á Italia como representante de su rey, y auxiliado por los Colonna, tenaces enemigos del Pontífice, asaltaba con sus bandas la ciudad de Anagni, sorprendiendo á Bonifacio VIII en su castillo. El pueblo encontró muy interesante ver al Santo Padre tratado como un soberano cualquiera, y favoreció con su indiferencia esta invasión del retiro papal. En vano el enérgico Pontífice pretendió intimidar á los invasores recibiéndolos con la tiara puesta y sus vestiduras de gran ceremonia. Nogaret, que era un «patarin», nieto de albigenses de Tolosa perseguidos cien años antes por la Inquisición papal, se dió el gusto de insultar á un Pontífice cara á cara. Uno de los Colonna, perseguido cruelmente por Bonifacio hasta el punto de verse esclavo de los corsarios mahometanos, lo abofeteó con su guantelete de acero.
Murió el Papa de cólera y vergüenza; su carácter enérgico no pudo sobrellevar tal humillación. Hubo que nombrarle sucesor en medio de la anarquía italiana, y los cardenales designaron á Beltrán de Got, prelado francés, arzobispo de Burdeos, el primero de los Papas de Aviñón.
—Antes de él, que tomó el nombre de Clemente V—dijo Borja—, habían existido otros Papas también de origen francés. Pero lo raro del caso fué que el arzobispo de Burdeos dependía del rey de Inglaterra, no del monarca de Francia. Usted sabrá indudablemente que Francia estaba dividida entonces y los ingleses ocupaban una parte considerable de su suelo, manteniendo la guerra llamada de los Cien Años. Esta guerra, que durante tres cuartos de siglo fué de un resultado incierto, sólo se decidió con la aparición é intervención de la extraordinaria Juana de Arco.
Borja fué describiendo á su acompañante la vida azarosa de este primer Papa, que nunca vivió en Roma. A su coronación, en Lyón, asistían los reyes de Francia, de Aragón y de Mallorca. Felipe el Hermoso y el duque de Bretaña llevaban las bridas del caballo papal. Tal era la concurrencia, que un muro viejo cargado de espectadores se derrumbó, matando al duque de Bretaña y á uno de los hermanos del Papa.
El audaz Nogaret procuró explotar la fuerza de la Iglesia en beneficio de su rey al ver establecido al Papa en una ciudad de Francia. Quería apoderarse de los bienes de los templarios, y para ello necesitaba el apoyo del Pontífice. Éste, no queriendo legitimar tal injusticia, huyó á su diócesis de Burdeos. Pero allí quedaba bajo el dominio del rey de Inglaterra, que procuró también explotar su presencia.
Clemente V, gravemente enfermo, tuvo que volver un año después á los Estados del rey de Francia, lo que le hizo ceder á las pretensiones de Nogaret, ansioso de remediar los apuros del erario real confiscando los tesoros de los templarios. Poseían éstos ricos establecimientos en Oriente y Occidente; eran los banqueros universales de pueblos y reyes. Al fin se vió obligado á autorizar la persecución y supresión de dicha orden, y para no vivir más tiempo bajo la influencia de Felipe y su consejero, pensó en el condado Venaissino, que pertenecía á la Iglesia desde un siglo antes por cesión de los condes de Tolosa, y en cuyo límite estaba la ciudad de Aviñón. Carpentras, capital del condado, era pequeña comparada con dicha ciudad junto al caudaloso y navegable Ródano, y fué á instalarse en un convento de dominicos, construído sobre una isla frente á Aviñón.