Este alojamiento lo consideraba circunstancial. Su deseo era volver á Roma; pero los desórdenes de la urbe cristiana, cada vez mayores, hacían imposible el viaje. Muy al contrario; los cardenales italianos que habían quedado allá vinieron poco á poco á establecerse en torno al Papa, considerando más tranquila y segura la vida en Aviñón. Muchos celebraron en estilo poético la suerte de que los Pontífices hubiesen heredado el condado Venaissino. De este modo «la barca de San Pedro podía amarrar tranquilamente, después de tantas tempestades, al abrigo de un peñasco sobre el Ródano».
Al morir Clemente V, los cardenales elegían al obispo de Aviñón, que tomó el nombre de Juan XXII. Éste continuó habitando como Papa su palacio episcopal, pero cada año se veía más lejana la posibilidad de que la Santa Sede pudiese volver á Roma, viviendo en ella tranquilamente. A partir del segundo Papa, empezaron las construcciones parciales que habían de formar más adelante el imponente conjunto del palacio de Aviñón. Dicho palacio tuvo que ser al mismo tiempo una fortaleza. Resultaba insegura la vida en aquellos siglos y los Papas no se veían á cubierto del peligro general. La guerra de los Cien Años tenía largas treguas que obligaban á licenciar las tropas mercenarias, costosas de mantener, y estas bandas de guerreros á sueldo, al verse sin ocupación, se dedicaban al bandidaje, saqueando poblaciones, exigiendo tributos á los pequeños soberanos.
Los mismos Papas que hacían una fortaleza de su vivienda levantaron alrededor de Aviñón sus hermosos baluartes, útiles para aquella época, graciosos ahora y de aspecto frágil como un juguete.
—El más célebre—continuó Borja—por su magnificencia fué Clemente VI, cuarto Papa de Aviñón, llamado por algunos «el trovador con tiara». Era un noble del Mediodía de Francia, que imponía respeto por su natural majestad y sus gustos de príncipe letrado. «Mis antecesores no supieron ser Papas», decía este gran señor.
Borja se imaginaba cómo debió ser el castillo en tiempos de Clemente VI. Ahora sólo quedaba la osamenta, la piedra enrojecida de sus fachadas y la piedra blanca de sus vastos salones, con sólo algunos fragmentos de pinturas que equivalían á piltrafas de la antigua carne, jugosa y multicolor.
Se había acostumbrado la mayor parte de la cristiandad á ver los Papas instalados junto al Ródano. Este retiro circunstancial adquiría cada año un carácter más estable. Los cardenales agrandaban los caserones de Aviñón que les ofrecía el Pontífice con el título de «libreas», convirtiéndolos en palacios suntuosos. La ciudad parecía nadar en oleadas de dinero.
Pocas veces se vieron tan ricos los Papas. Algunos de ellos, hábiles administradores, habían organizado los ingresos de la Iglesia, obligando á clérigos y obispos á enviar puntualmente su tributo. Aviñón pertenecía ya á los Papas. Al principio fué propiedad de la famosa reina Juana de Nápoles, la mujer más elegante, más graciosa en palabras y ademanes, y de costumbres más disolutas que se encuentra en la historia de aquellos siglos. Cambió varias veces de esposo. Casada con Andrés de Hungría, fué asesinado éste por un amante de ella. Luis, rey de Hungría, marchó contra Juana para vengar la muerte de su hermano y al mismo tiempo con el propósito de hacerse dueño de Nápoles. Juana, que era también condesa de Provenza, huyó á esta tierra, como si buscase el amparo espiritual de los Papas, instalados en su ciudad de Aviñón. En vista de que el rey húngaro pedía su castigo á Clemente VI, compareció Juana ante el Pontífice rodeado de toda su corte.
—Yo me he imaginado muchas veces la escena—dijo Borja—; esta mujer, seductora por su hermosura, por su lujo y hasta por sus pecados y aventuras, presentándose ante un Padre Santo artista y ante sus cardenales, muchos de ellos ordenados de diácono solamente, y que llevaban una vida de príncipes... Pero esto lo verá usted mejor cuando estemos en el gran salón de Audiencia. La reina Juana, instruída y de fácil palabra, se enseñoreó al momento de la asamblea. Igual habría convencido de su inocencia á una reunión de verdaderos ascetas, aunque fuese autora de crímenes mayores. Los napolitanos, irritados por las demasías del invasor, pidieron á Juana que reconquistase su trono, y como necesitaba dinero para reclutar soldados mercenarios y alquilar galeras en Marsella, vendió Aviñón á los Papas en ochenta mil florines, suma que equivaldría hoy á unos cuatro millones de francos... pero en oro.
Pintores italianos y franceses cubrían de frescos los muros de las salas pontificias. Talleres de orfebres cincelaban sin descanso objetos de culto, recamados de piedras preciosas, ú objetos de uso personal para los Papas. Los muros de piedra desaparecían bajo vistosos tapices. El sacro tesoro de Roma—urnas preciosas conteniendo reliquias, ropas de altar, imágenes áureas—había sido traído á Aviñón, por creerlo aquí más seguro. Dentro de la fortaleza crecía un jardín con fuentes de mármol, paseos cubiertos y fingidas perspectivas para agrandar su tamaño. La curiosidad de estos Pontífices meridionales había reunido en jaulas todas las bestias raras que se conocían entonces: leones, tigres, dromedarios, avestruces, osos.
El generoso Clemente VI adquiría con tal abundancia las ropas primorosamente bordadas, los tapices, los muebles, que muchos de tales encargos, después de ser admirados en el momento de su llegada, quedaban recluídos por falta de sitio en los desvanes del palacio. Los Papas sucesivos mantuvieron su lujo con las magnificencias que había olvidado el Pontífice gran señor.