Desde las terrazas almenadas podían ver todos ellos el crecimiento de su ciudad de Aviñón. El recinto amurallado comprendía, además del caserío, vastos jardines adosados á los conventos, cada vez más numerosos, y á los palacios de los cardenales en incesante desdoble. Más de cien torres se elevaban sobre los tejados.

Abajo, en las callejuelas estrechas, bullía á todas horas un pueblo súbitamente enriquecido y orgulloso de la inesperada importancia de Aviñón, centro del mundo. Uno de sus barrios era todo de posadas. Llegaban clérigos y laicos de remotas naciones. En sus plazas sonaban todas las lenguas de Europa. La muchedumbre, además de recibir el dinero de los fieles, gozaba las delicias de un continuo espectáculo, siendo su existencia semejante á la del antiguo populacho romano.

Unas veces llegaba una peregrinación procedente de países lejanos: hombres y mujeres cubiertos de polvo, asombrando al vulgo con el exotismo de sus trajes, rostros y voces. En otras ocasiones se presentaba un rey con su cortejo, ó el mismo emperador del Sacro Romano Imperio, ganoso de visitar al Padre Santo en su nueva capital. Y desfilaban jinetes vestidos de hierro, sobre caballos encaparazonados y engualdrapados con blindajes de escamas, cual si fuesen bestias mitológicas. Las puntas de sus lanzas rozaban los balconajes extremadamente salientes, prolongación de cada vivienda sobre la húmeda calle siempre en fresca penumbra. El metal vibrante de las trompetas buscaba en lo alto el metal volteador de las campanas. En muchas ocasiones, rey ó emperador recibía la Rosa de Oro, regalo del Papa, y era costumbre que el soberano pasease á caballo por las calles de Aviñón mostrando al pueblo la joya en su diestra. Los monarcas cristianos, cuando alcanzaban un triunfo sobre los enemigos de Dios, enviaban sus despojos á Aviñón como un presente.

Un día sus vecinos vieron pasar cien moros á pie, con alquiceles blancos, llevando de la diestra cien caballos andaluces cargados de armas y de joyas. El rey de Castilla, después de su victoria del Salado sobre los sarracenos, enviaba al Papa del Ródano una parte de su botín. En otra ocasión contemplaron una embajada del Gran Kan de la Tartaria, cuyos enviados provocaban sus risas á causa de sus mantos y turbantes.

Las damas de Aviñón obtenían una celebridad universal por su lujo costoso y sus artes de tocador para aumentar la belleza. Algunos cardenales italianos y franceses, que nunca creían llegado el momento de ordenarse sacerdotes, rivalizaban en amoríos con los señores laicos del país Venaissino ó con los hombres de armas del Pontífice, los cuales obedecían al jefe militar del condado (casi siempre pariente del Papa), que tenía el título de «Rector».

—Entonces aún estaba entero el famoso puente sobre el Ródano. Ahora sólo le quedan cuatro arcos de los diez y ocho que tuvo cuando lo fabricó San Benezet, un pastorcito que, según la leyenda, soñó desde pequeño con la construcción de este puente colosal, apoyado en las islas del Ródano para llegar hasta Villeneuve, ciudad fronteriza, en la orilla perteneciente á Francia. De sol á sol el pueblo aviñonés bailaba la farandola al son de pitos y tamboriles, en las islas verdes, bajo la sombra de sus audaces arcos. Todo el mundo conoce la canción antigua «Sous le pont d’Avignon, l’on y dance tout en rond...»

También era continuo el espectáculo en las estrechas calles de la ciudad. Desfilaban procesiones de frailes vistiendo diversos hábitos. Orquestas numerosas acompañaban á los cantores de la corte pontificia. La ciudad atraía á todos los músicos de aquel tiempo. Ser cantor ó instrumentista del Papa de Aviñón representaba un certificado de valor internacional. Los devotos se aglomeraban en las plazas para escuchar á predicadores famosos venidos de todas partes; tan estrecho resultaba el ámbito de los templos.

En esta ciudad de verdes alrededores la vida sólo era molesta cuando soplaba el mistral. Petrarca se lamentó muchas veces de este viento frío y huracanado. Las gentes de su época inventaron un refrán en latín de la Edad Media, exagerando los desórdenes climatéricos de Avenio, antiguo nombre de Aviñón: «Avenio ventosa, cum vento fastidiosa, sine vento venenosa.»

Una calamidad mayor que el mistral hizo repetidas apariciones en el curso del siglo XIV, la peste, tan mortífera y repetida, que mereció el título histórico de «la Gran Peste», exterminando, según los cronistas de entonces, la tercera parte de la población de Europa. No sólo se ensañó en la corte papal. Italia vió sus ciudades casi desiertas. En Florencia la mortandad fué inaudita, y Boccacio, el futuro canónigo, para entretener á las damas y los caballeros refugiados como él en un jardín aislado, compuso las alegres novelas de su Decamerón.

La ciudad de «las tres llaves» (la del cielo, la de la tierra y la del infierno), atributos pontificios que figuraban en el escudo aviñonés, volvía á reanudar su existencia amplia y ostentosa apenas se alejaba dicha calamidad.