El populacho iba ricamente vestido con los despojos de la corte papal. La servidumbre del palacio y la de los cardenales reflejaban en su indumento el lujo de sus señores. La gran ostentación de los personajes de la corte eran las peleterías preciosas.

—Pontífices y cardenales aparecen en los retratos con las esclavinas guarnecidas de marta. Los Papas, cuando no llevan la tiara, van tocados con un becoquín de púrpura que adornan igualmente bandas de armiño.

Su mesa era bárbara, como la de todos los grandes señores de aquella época, pero con una abundancia que exigía enormes gastos. Las bodegas pontificales de Aviñón adquirían renombre. En la orilla del Ródano, al pie de un castillo, poseían las generosas viñas de «Château-neuf-du-Pape», cuyo vino es todavía famoso. Los colectores de los impuestos, cuando salían á cobrarlos por las diócesis, llevaban el encargo de remitir al intendente papal los mejores productos de cada país para embellecimiento de su mesa.

—La cocina de entonces tenía especialidades que ahora nos parecen repugnantes. Los colectores de Bretaña y otras regiones del Océano enviaban pedazos de ballena, cetáceo que abundaba mucho en el golfo de Gascuña y el Cantábrico. La ballena era entonces plato muy apreciado hasta en las mesas reales. Otras veces remitían peces del Atlántico, distintos á los del Mediterráneo. Nada significaba la duración del viaje y las malas condiciones del transporte. El paladar estaba habituado al sabor y el olor de una pesca extraída quince días antes. De aquí el empleo del limón para refrescar momentáneamente este alimento algo corrupto, uso que por rutina ha llegado hasta nosotros, empleándolo sin objeto en los peces frescos.

Una gran masa de desterrados políticos ansiosos de justicia aumentaba el vecindario de Aviñón. Como no existían casas bastantes para dicha afluencia internacional, ocupaban los pueblos inmediatos, y en días de fiesta venían á engrosar la muchedumbre de sus calles. Los más eran italianos, antiguos güelfos que buscaban el amparo del Papa, ó gibelinos á los que perseguían nuevas facciones, empujándolos hacia la Santa Sede, cuya influencia habían combatido.

—Hijo de uno de estos proscritos fué Petrarca, cuyo recuerdo va usted á encontrar por todas partes: en el palacio, en las calles de Aviñón, en la célebre fontana de Vaucluse. ¿Usted no conoce Vaucluse?... Debe hacer este pequeño viaje. La fuente del poeta es tan célebre como el Papado aviñonés.

El joven italiano, venido á Aviñón cuando todavía era niño, desarrollaba las primeras ramas de su gloria al abrigo del Pontificado del Ródano, viviendo de sus liberalidades ó insultándole al mismo tiempo porque difería su vuelta á Roma. Como había recibido órdenes menores, aceptaba de los Papas ricos beneficios y canonicatos, sin pensar nunca en ocupar dichos cargos.

—La vida eclesiástica de entonces era muy diferente á la que ahora conocemos. Los más de los cardenales no pasaban de ser simples diáconos, librándose con ello de las obligaciones del sacerdocio: decir misa, leer diariamente su breviario, etc. De este modo podían entregarse por completo á sus asuntos políticos ó mundanos. Muchos Pontífices se ordenaban de sacerdote al día siguiente de su proclamación y cantaban misa por primera vez.

Italia, que había repelido á los Papas con sus desórdenes y revueltas, ansiaba ahora hacerlos volver, por una conveniencia egoísta. El dinero de la cristiandad había cambiado de rumbo. Ya no iba á Roma, y chorreaba más abundante que nunca sobre la ciudad de Aviñón.

Al ser proclamado el magnífico Clemente VI, una delegación del pueblo de Roma venía á saludarle. Petrarca, residente en Aviñón, se agregaba á ella, y esto le hacía contraer amistad con uno de los diputados, joven de palabra ardorosa, gran imaginación y una audacia sin límites, llamado Cola di Rienzo, hijo de un tabernero.