El «Papa trovador» se dió cuenta de los servicios que podía prestar este tribuno á los Pontífices en la desordenada Roma, y le confirió un título honorífico. Tal vez las palabras de Clemente VI le impulsaron á realizar el gran ensueño de su existencia.

De vuelta á su ciudad, oprimida por el bandidaje feudal, organizó una conspiración, apoderándose del Capitolio con el apoyo del pueblo y del legado del Papa. Rienzo, constante lector de la historia antigua, se proclamó «tribuno de la Sacra República Romana, por la voluntad del muy clemente Jesucristo». Hizo cosas buenas, expulsando á los magnates, venciendo á los barones bandidos, restableciendo el orden después de tantos años de anarquía. El Papa, desde Aviñón, sostuvo su autoridad. Petrarca, entusiasmado por tal resurgimiento de la Roma antigua, dirigió al tribuno su célebre canción «Spirto gentil».

Mas el héroe, excesivamente imaginativo, creía en la importancia sobrenatural de su persona, y se entregó á desórdenes y extravagancias que disminuyeron su prestigio. Dió consejos á todos los soberanos de la tierra como si fuesen inferiores á él; ordenó á las ciudades italianas, con menosprecio de su independencia, que acudiesen á Roma para cimentar una alianza; exigió continuos impuestos para sostener sus tropas y costear fiestas enormes organizadas por su fantasía teatral. El hijo del tabernero se bañó públicamente en una vasija de bronce que pasaba por ser el baño del emperador Constantino, y á continuación se hizo armar caballero con exagerada pompa.

Creyéndose invencible, habló al Papa como á un igual, despreciando su apoyo, y Clemente VI lo abandonó. Lo mismo hicieron las ciudades de Italia, celosas de su poder é irritadas de su orgullo. El pueblo acabó por atacarle, y tuvo que huir, refugiándose en Praga, cerca del emperador Carlos IV, el cual lo entregó al Papa, que le había declarado «sedicioso y herético».

—En una torre de este palacio donde vamos á entrar, cree el vulgo, equivocadamente, que permaneció el tribuno preso durante varios años. Lo indiscutible es que Rienzo vivió cautivo hasta la muerte de Clemente VI. El gran Papa había perdido su fe en este orador de voluntad cambiante y ambiciones inseguras. Hasta se cree que lo hubiese ahorcado de no intervenir Petrarca, muy apreciado por él como poeta.

Inocencio VI, al sucederle, fijó su atención en Rienzo, que se consumía olvidado en un calabozo. Fué un español quien hizo pensar al nuevo Pontífice en el ex tribuno. Los pequeños soberanos de Italia y sus turbulentas ciudades habían aprovechado la ausencia de los Papas para roer la tierra de sus Estados. Apenas mantenían aquéllos una autoridad sobre Roma, más nominal que efectiva. Los cardenales hablaban de reconquistar con las armas los bienes de la Santa Sede; pero ni ellos ni los Pontífices eran hombres para conseguirlo.

Uno de los cardenales extranjeros residentes en Aviñón se comprometió á devolver á la Iglesia su patrimonio terrenal, creando un ejército en Italia y poniéndose á su frente: el español Carrillo de Albornoz, que en su juventud había sido hombre de guerra. Como arzobispo de Toledo siguió al monarca de Castilla contra los moros, batiéndose cuerpo á cuerpo en la batalla del Salado, donde salvó personalmente la vida de su rey, dándole tal hazaña enorme influencia en la corte. Huyendo luego de las persecuciones de don Pedro el Cruel, heredero del reino, se refugió en la corte de Aviñón, cerca del brillante Clemente VI, quien le hizo cardenal.

Albornoz, gran conocedor de los hombres, hábil para explotar sus virtudes ó sus defectos, pidió que el olvidado Rienzo fuese sacado de su encierro y le siguiera á Roma con el título de senador. Mientras él combatía á los tiranuelos de Italia, Rienzo, apoyándose en el pueblo romano, reanudó su lucha contra los barones que desolaban el país, obteniendo varios triunfos. Mas el ídolo popular estaba quebrantado por su primera caída. Una parte de Roma protestó de sus leyes severas y sus gastos fastuosos. Los Colonna aprovecharon tal descontento para sublevarse contra el dictador, y éste, sorprendido, intentó huir del Capitolio, pero sus mismos partidarios al reconocerle lo mataron, y el inconstante populacho arrastró su cadáver, quemándolo después y aventando sus cenizas.

Hábil capitán y político, continuó Albornoz su guerra de conquista, apoderándose de todas las ciudades pertenecientes al Papado; unas por asedio y asalto, otras por negociaciones felizmente conducidas. Desde Bolonia, su residencia predilecta, dirigió esta campaña, cuyo éxito le fué creando numerosos enemigos en la corte pontificia. Bajo la influencia de cardenales envidiosos, Inocencio VI estorbó sus triunfos con recomendaciones inoportunas y fatales.

El ingrato Pontífice llegó un día á insinuar dudas sobre la probidad con que Albornoz había manejado los dineros de la guerra, y le pidió cuentas. El cardenal de Toledo envió á Aviñón como respuesta una carreta tirada por bueyes, llena de cerrojos, candados y cadenas de las ciudades conquistadas: «Éstas son mis cuentas, Padre Santo.»