Al morir en Bolonia, dejaba establecido y dotado el famoso Colegio Español de dicha ciudad, y su entierro resultó algo nunca visto. Jamás príncipe ni Pontífice alguno fué llevado á la tumba con pompa tan grandiosa. Sus restos viajaron de Bolonia á España siempre en hombros y á pequeñas jornadas. Esta conducción fúnebre duró meses. Todo convento encontrado al paso designaba un grupo de monjes para que se uniese á la comitiva. Cuando el cadáver llegó á Toledo, en cuya catedral iba á ser enterrado, el cortejo fúnebre constaba de miles y miles de religiosos, todos llevando cirios encendidos; un verdadero ejército que estremecía el aire con sus estrofas funerarias. Cuantos bienes dejó libres el cardenal español los consumió este viaje extraordinario hacia su tumba.
La reconquista de los Estados papales había aumentado las quejas y peticiones de los italianos. El pueblo de Roma, arrepentido de sus revueltas que repelieron á los Papas é indignado al ver cómo el dinero de los fieles lo disfrutaba otra ciudad, extremó sus peticiones para que la Santa Sede abandonase las orillas del Ródano, volviendo á las del Tíber.
Dicha propaganda encontró el más elocuente é infatigable de sus apóstoles dentro de la misma corte pontificia. Era Petrarca.
Cardenales de vida suntuosa, funcionarios pontificios de alegres costumbres, le tenían por amigo y protegido, haciéndolo partícipe de las dulzuras y abundancias de su existencia. Esto no le impedía escribir contra las venalidades é impurezas del Pontificado de Aviñón, como si la vida de los Papas residentes en Roma hubiese sido más ejemplar. La disolución de las costumbres, mal común de aquella época, hacía quejarse á los ascetas y los prelados virtuosos, pidiendo una severa reforma eclesiástica.
Encontró Petrarca una imagen que hizo circular por el mundo, entusiasmando con ella á sus compatriotas. La Iglesia vivía esclava, lo mismo que el pueblo judío en tiempos de Nabucodonosor.
El Pontificado de Aviñón era «la gran cautividad de Babilonia».
IV
El castillo de los Papas
Subieron los peldaños algo roídos de una escalinata de piedra, atravesaron el arco profundo de la puerta principal, y otra más pequeña abierta á su derecha les dió acceso á un vasto salón con muros de sillería y techo abovedado que aún conservaba restos de viejas pinturas. Era el antiguo cuerpo de guardia del palacio, ahora antesala para los visitantes. Una mujer detrás de un mostrador ofrecía tarjetas postales, fotograbados, volúmenes históricos, la pequeña é inevitable biblioteca que existe á la entrada de todo monumento.
Lentamente se fué amalgamando el grupo de curiosos venidos de diversas partes de la tierra para visitar la antigua residencia de los Papas. La bella criolla reconoció á muchos compañeros de hotel, vistos en la noche anterior. Poco después entraron algunas norteamericanas jóvenes, tal vez estudiantas que hacían una excursión por Europa; varios matrimonios franceses, gentes del Mediodía, admirando con patriótica vanidad las enormes dimensiones de este castillo tan celebrado por los poetas provenzales; dos sacerdotes protestantes, con plastrón negro cubriendo su camisa y una Guía abierta entre sus manos como si fuese un libro de oraciones; un gentleman atlético, de cara redonda y afeitada, mirando ávidamente á todos lados en busca del extraordinario espectáculo que esperaba de esta visita, y un cura italiano, flacucho, de nariz picuda, cuyo perfil, según Borja, recordaba el del Dante, pero á través de un espejo deformatorio.
—Va usted á ver, querida señora, algo tan digno de interés como la antigua morada de los Papas: el guía que la muestra.