Y señaló discretamente á un hombre con kepis negro ribeteado de rojo y un bastoncito en su diestra, que permanecía sentado junto á la entrada del cuerpo de guardia. Tenía el aspecto de un trabajador que reposa y siente al mismo tiempo perturbado su descanso por la certeza de que muy pronto tendrá que reanudar su actividad.
Rosaura lo reconoció. Era el mismo que la había guiado en su incompleta visita al palacio. Su charla tuvo la culpa de que renunciase al resto de dicha visita.
—¡Pero si es un hombre insustituíble!...—protestó Claudio sonriendo—. Muchas veces juzgamos á las personas equivocadamente por el estado de nuestro humor. Tal vez hoy le parezca más grata su compañía.
Saludó de lejos al empleado, y éste, después de contestar quitándose el kepis, fijó su atención en la dama elegante que acompañaba al español. Era un meridional, de cabeza y bigote canos, enjuto de carnes, con una sonrisa mixta de bondad y de burla.
—Óigalo bien—continuó Borja—. Es un poeta, algo desorientado y de primaria instrucción, pero indudablemente un poeta á su modo. Su padre fué modesto «felibre» de los de Mistral; un obrero de la poesía. Usted sabe que «felibre» es el nombre de los poetas provenzales. El hijo, al desempeñar su empleo, procura ser el alma parlante de estas piedras. Yo he venido repetidas veces, sólo por oirle.
Viendo el guía que los visitantes ya no compraban más postales ni cuadernos de grabados, se levantó del poyo estirando perezosamente sus brazos.
—Por aquí, señoras y señores.
Se había transfigurado. Dos veces por la mañana y dos por la tarde conducía á los forasteros á través de patios, escaleras y salones, enseñándoles este castillo, que era para él algo así como el Partenón de la Provenza. Sabía de memoria lo que era conveniente decir en cada rincón y ante cada piedra; mas ciertos días, en mitad de sus recitaciones maquinales, le acometía un irresistible deseo de improvisar, é iba añadiendo repentinos bordados de su imaginación á la pieza de tela pálida y monótona desenrollada ordinariamente.
Marchó hacia el gran patio del palacio con alegre petulancia, moviendo su bastoncito, canturreando entre dientes. Iniciaba sus funciones lo mismo que los cómicos viejos, que tosen de fatiga detrás de los bastidores y al salir ante el público se sienten remozados por una heroica juventud.
En mitad del patio agrupó en torno á él sus heterogéneos oyentes, empezando la declaración diaria. Unos le conocían de fama, por informes de viajeros anteriores, otros presentían algo extraordinario en este hablador sonriente que saludaba á las señoras con movimientos de rancia cortesía. Señaló las particularidades de las bóvedas de la entrada, todas de rara labor, explicando á continuación cómo era el palacio exteriormente en sus primeros tiempos. Las casas tocaban casi sus muros. Un circuito de estrechas callejuelas lo separaban sólo del resto de la ciudad. Fué el último Papa de Aviñón quien arrasó estas construcciones, para que el palacio pudiera defenderse mejor en caso de asedio, y obra suya era también la vasta plaza abierta ante la fachada principal.