—He nombrado, señoras y señores, á Benedicto XIII, el gran papa Luna, compatriota de algunas personas aquí presentes.
Y se inclinó haciendo un saludo con la diestra, fijos sus ojos en Rosaura y Claudio. Todo el grupo los miró igualmente, y los dos se sintieron algo avergonzados por esta curiosidad general. A continuación, el hijo del felibre se lanzó á describir las bellezas de «su» palacio, «el monumento más hermoso de la tierra».
—Cielo azul, aire puro, la sinfonía majestuosa del mistral, y sobre todo esto el color dorado de la piedra, que, según los trovadores, proporcionaba con sus reflejos nuevo fuego á las miradas de las damas. Como dijo Petrarca...
Borja estaba esperando las últimas palabras, y tocó en un brazo á su acompañante. La había hablado con anticipación de la cita que surgía continuamente en sus discursos. Todas sus afirmaciones y descripciones las apoyaba en versos de Petrarca que éste no había escrito nunca ó eran traducidos por él de tal modo que resultaban indignos de su autor.
Muchos oyentes rieron sin saber por qué. Encontraban gracioso lo que había dicho Petrarca, por lo mismo que no lo entendían. El cura italiano apoyó sus palabras con movimientos de cabeza, sonriendo al mismo tiempo, para dar á entender que todo lo sabía antes de venir á Aviñón. Aún quedaban en el patio varias bombas de piedra, esféricas y macizas, talladas por canteros: proyectiles de las bombardas que emplearon los enemigos del papa Luna en el asedio de su palacio.
El grupo se estrechó y prolongó para serpentear por puertas y pasadizos. Algunas salas guardaban los restos de una decoración muy posterior á la época de los Papas aviñoneses, obra de legados pontificios que gobernaron la ciudad hasta fines del siglo XVIII como representantes de Roma. En el piso bajo de la torre del Vigía las paredes estaban pintadas con grandes trofeos al fresco, de banderas, cañones y lanzas.
Descendieron á la sala de Audiencia, la pieza más enorme del palacio, con ancha bóveda de atrevidas proporciones para la época de su construcción. Todas las puertas, mayores ó menores, que daban acceso á dicha sala de honor se hallaban más altas que el piso, uniéndose á éste por medio de escalinatas que iban ensanchándose según descendían. El monótono gris de la piedra había sido dulcificado en otros tiempos por los pintores papales. Ricos tapices, cuya belleza describían los cronistas, adornaban los muros, ahora escuetos. Aún se veían veinte figuras de Profetas en el doble espacio triangular de dos segmentos de la bóveda. También se notaban rasgos borrosos de pintura entre los dos ventanales del fondo.
Esta pieza vasta y desnuda, esqueleto de un salón célebre en otros tiempos por su magnífico decorado policromo, tenía la sonoridad extraordinaria de las cavidades vacías y lisas. La piedra parecía temblar, agrandando de un modo considerable los sonidos. Toda voz era desfigurada y luego ensordecida por una escala descendente de ecos.
Borja recordó á la reina Juana de Nápoles. Aquí sin duda había comparecido ante Clemente VI, majestuoso como un emperador, para defenderse de sus acusadores. En el fondo, entre las dos ventanas, debió elevarse el trono del Pontífice; más abajo estaban los cardenales, que habían dejado en el gran patio las mulas adornadas de plata y oro, los pajes y hombres de armas de sus séquitos principescos. Sillones góticos de alto respaldo, cuyo roble estaba calado á buril lo mismo que las agujas de una catedral, y con mullidas almohadas de damasco, se alineaban á lo largo de los muros para asiento de los purpúreos senadores de la Iglesia y para los jurisconsultos vestidos de negro que aconsejaban al Padre Santo en sus dudas canónicas.
El resto del salón lo ocupaban los personajes secundarios de la corte pontificia y las damas aviñonesas sobrinas de cardenales ó emparentadas con el Papa, ansiosas de contemplar á esta mujer que había preocupado á toda la cristiandad por su elegancia, sus amoríos ó sus aventuras políticas. Y en el espacio libre ante la sede papal, la reina destronada de Nápoles, la hermosa Juana, vehemente en sus palabras, pronta á un llanto que parecía aumentar su hermosura, vestida con refinada discreción para comparecer ante esta asamblea eclesiástica, esparciendo al mover sus brazos una atmósfera de perfumes traídos por las caravanas de ultramar, de carne amorosa, de pecado inconsciente.