Los venerables jueces y el gran señor con tiara olvidaban al diablo que parecía marchar invisible detrás de la cola de su manto real. Sólo veían una pobre mujer, víctima de su belleza y su nacimiento, una pecadora calumniada más allá de sus faltas y merecedora de perdón. Era Friné compareciendo por segunda vez ante un areópago de hombres maduros y enseñoreándose de ellos con el influjo de su hermosura; una Friné elocuente que se valía de la palabra y mantenía oculta su desnudez bajo el misterio tentador de ricas vestimentas.
Rosaura se excusó antes de hacer una pregunta. Ella había leído poco; tal vez se equivocaba; pero creía recordar que esta reina elegante y bella había muerto ya vieja, á manos de sus enemigos, sofocada bajo un colchón.
—Así es, y el objeto que causó su muerte resulta un símbolo en la vida de esta gran amorosa, «liberal de su cuerpo», como decían los antiguos. Si la destronaron y asesinaron, fué por mantenerse fiel al Papado de Aviñón cuando se inició el Gran Cisma.
Tuvieron que correr los dos al verse solos en la sala de Audiencia. El hijo del felibre había desaparecido por una de las escalerillas, haciendo molinetes con su bastón. Marchaba como un pastor al frente del rebaño humano que parecía perseguirle con sus trotes y murmullos, agrandados por el eco.
Se unieron al grupo en la gran escalera de honor, cuya amplitud extraordinaria permitía el ordenado descenso de los majestuosos séquitos papales. Un ventanal en el último rellano daba sobre la plaza del castillo. Ahora carecía de vidrios y maderas. Podía soplar el mistral su aliento tempestuoso á través de las dos columnillas centrales que lo partían en tres arcos lanceolados. En otros tiempos, el Pontífice bendecía desde él á la muchedumbre aglomerada abajo.
Otra vez el guía se lanzó á ensalzar el mágico poder de estas piedras que reflejaban llamas en los ojos femeniles, declamando nuevos versos de Petrarca. El clérigo italiano repitió sus cabezazos de aprobación; muchos volvieron á reir. El norteamericano grande y de cara afeitada se mantenía junto á él para no perder palabra.
—Es un truvador... un verdadero truvador—dijo á los que estaban cerca en un francés balbuciente, guiñando un ojo, no se sabía con certeza si por entusiasmo ó por burla.
Y sacando del bolsillo trasero de su pantalón un estuche de piel con media docena de cigarros habanos, extraordinariamente largos y gruesos, dió uno de ellos al guía.
—Gracias, gentleman; lo fumaré á la noche. Ahora puede enturbiarme la voz.
Entraron en la Gran Capilla, la pieza más vasta del piso alto. Para remediar su desolada desnudez habían colocado en medio de ella una reproducción de la tumba del cardenal Albornoz en la catedral de Toledo. Las murallas tenían como adorno otros vaciados en yeso que representaban cabezas de personajes en relación con los Papas aviñoneses y con el Gran Cisma, sacados todos ellos de lápidas y tumbas.