Borja se fijó especialmente en el rostro de Carlos IV de Bohemia, rey de Praga, que llegó á ser emperador de Alemania, y cuyo hijo Segismundo convocó el famoso concilio de Constanza, acabando con el cisma, aunque sin llegar á vencer nunca al tenaz Pedro de Luna. Carlos IV, barbudo, con anchos pómulos y la nariz algo respingada, tenía una expresión de eslavo simpático. Un pequeño cuadro contenía autógrafos del mismo papa Luna y una copia de su retrato guardado en el archivo de la Corona de Aragón.
No pudo continuar su examen. Empezó á extenderse por la vasta cámara un cántico que parecía sobrehumano. Era semejante al coro de «voces humanas» de ciertos órganos modernos de las iglesias. En realidad, sonaba una voz única, pero los diferentes ecos de la piedra hacían surgir de los rincones nuevas y nuevas voces, fundiéndose todas ellas hasta formar una armonía dulce, vagorosa, semejante por su contextura á las ramas diversas de un árbol, que se esparcen y multiplican, pero teniendo un mismo origen: el tronco común. Y el tronco de este canto era la voz del hijo del felibre, una voz de tenorino, que amplificaba la sonoridad repitiéndola en diversos tonos, como si rodase por un horizonte infinito.
El norteamericano de los cigarros sonreía, fijos sus ojos en el cantor con admirativa protección. Mientras tanto, aquél seguía entonando sus estrofas provenzales á Magalí con el entusiasmo de un hombre del Mediterráneo, apasionado, falso é ingenuo, todo al mismo tiempo. Cuando se extinguieron los últimos ecos, saludó agradeciendo los aplausos algo irónicos de la concurrencia.
—Fíjese—dijo Borja en voz baja—; no se sabe con certeza quién se ríe de quién. Estos hombres de fervor meridional son desconcertantes; nadie puede marcar dónde termina su entusiasmo exagerado y empieza una burla, falsamente bonachona.
Algunos le felicitaron por su canción y su eterna alegría.
—Es que yo soy un idealista—dijo con gravedad—. No tengo envidia á Rothschild ni á Rockefeller; me río de los grandes millonarios. Viven menos alegremente que yo. No son idealistas.
Ascendieron por una pequeña escalera de caracol al último piso de cierta torre, desde cuyas ventanas se veía todo Aviñón y la campiña circundante. Aquí lanzaba siempre el hijo del felibre la más vehemente y larga de sus oraciones.
Emprendía su declamación de una manera automática, como el que desea terminar cuanto antes, pero su voz se iba caldeando, sus brazos acompañaban con movimientos vehementes la emisión de las palabras, y cada vez añadía nuevas imágenes á sus descripciones. Dió nombres á todos los edificios asomados sobre la monotonía de las techumbres modernas: la torre del Municipio, llamada de Jaquemart por las figuras de bronce que golpean sus campanas con martillos; los otros campanarios, más ligeros, de parroquias y monasterios, que habían guardado las tumbas de la época pontificia hasta fines del siglo XVIII, cuando Aviñón dejó de ser Estado de los Papas de Roma y arrastrada por sus habitantes afectos á la Revolución se incorporó á la primera República francesa. Una de estas torres, rematada por un triángulo de hierro, era la de un convento, ya secularizado, donde había existido la tumba de Laura de Noves, amada de Petrarca.
Abandonando con sus ojos la ciudad, iba describiendo las bellezas de una tierra que los amigos de su padre llamaban la Ática provenzal. Una montaña, enorme en este país relativamente llano, cerraba gran parte del horizonte. Los bosques obscurecían dos tercios de sus declives. La cúspide era de rocas desnudas, pero dicha calva se cubría la mitad del año con un casquete de nieves.
—Es el monte Ventoso, señoras y señores, y á la derecha, donde termina su vertiente, está Vaucluse, con su fontana inmortal, retiro del gran Petrarca, el cual cantó, como podría hacerlo el divino Apolo, su límpida corriente: