Chiara, fresche e dolci acque
Repitió en italiano los versos del solitario de Vaucluse, y aunque los más no lo entendieron, todos escuchaban graves y atentos, sin reir como al principio de la visita.
Aquel diablo de hombre, entusiasta y marrullero á la vez, parecía haberles contagiado su fervor provenzal. Señalaba con la diestra bellezas ocultas en el horizonte que nadie podía distinguir, pero él se encargaba de hacerlas ver mediante sus descripciones. En el lado opuesto al Ventoso alzábase la cadena de las Alpillas, montañuelas cuya altura no pasaba de unos centenares de metros, pero de formas raras, con pitones rocosos semejantes á los pináculos de una catedral. Más lejos, el invisible pueblo de Vaux, coronado de castillos de caliza blanca, el famoso templete de la reina Juana, la abadía de Montmajor, con almenas y torres como una fortificación, el pueblecillo de Maillane, y junto á él, la granja que había habitado Mistral. Como si el nombre del poeta le enardeciese, elevó la voz, chispeando en sus ojos un brillo extraordinario.
—Aquí el canto de los ruiseñores en los olivares; el coro de las cigarras bajo el tomillo y el romero, incensarios silvestres de la soledad; el vuelo poderoso de las codornices y el balanceante y tenue de las mariposas de púrpura ó de oro; el arrullo acariciador de las tórtolas; las serenatas de guitarras frente á los palacios provenzales, cuyas piedras parecen cantar.
Y entusiasmado por sus propias palabras, se puso el bastón ante el pecho lo mismo que si fuese un laúd, acariciando cuerdas invisibles con los dedos de su mano derecha.
—¡Oh, truvador!... ¡Truvador!—volvió á suspirar á sus espaldas el norteamericano.
Avanzaron por corredores excavados en el grueso de los muros. Tenían éstos un espesor de varios metros, y las necesidades del servicio diario ó de la defensa habían hecho que los perforasen lo mismo que en las Pirámides y otras obras remotas construídas en bloque. Ascendieron por escaleras abiertas igualmente en los muros. Formada la comitiva en hilera, los más de sus individuos veían al nivel de su rostro los pies del que marchaba delante.
En una de estas subidas, Rosaura vaciló sobre sus altos tacones, cayendo contra Claudio, que iba detrás de ella. Este la sostuvo, y sus manos se estremecieron al sentir el contacto de unas piernas firmes, esbeltas, de finura sedosa. Fué tal su emoción, que después de este accidente pareció haber olvidado el lugar donde se hallaba, no comprender lo que decían en torno de él. Sólo tuvo ojos para la silueta femenina que le precedía en su camino.
Al pasar los altibajos entre varias cámaras, él tropezó también, rozando ligeramente á su acompañante. Tal vez fué á causa de su turbación ó de un instinto irreflexivo que le empujó á repetir el perturbador contacto. Ahora se explicaba la influencia dominadora de atracción y deseo que parecía esparcir esta mujer. Las hermosas brujas de sus ensueños, Venus y Lilit, volvieron á despertar en su memoria.
La voz del truvador y un ligero golpe de codo de su acompañante le sacaron de tal abstracción. El guía hablaba con los ojos fijos en Borja, como si preparase algún párrafo en su honor. Estaban en un salón de paredes blancas, adornado con nueve retratos.