—Estos son los Pontífices aviñoneses, señoras y señores. Siete de ellos gobernaron la Iglesia universal sin discusión alguna. El octavo y el noveno sólo se vieron obedecidos por una parte de la cristiandad, y aunque se ha discutido mucho sobre ellos, fueron tan Papas como los otros.

El era católico y provenzal. Evitaba mezclarse en disputas religiosas, pero no consentiría jamás que se pusiera en duda la legitimidad de dos Pontífices de Aviñón, sobre todo el último, Benedicto XIII, el gran papa Luna, después que Mistral lo había cantado en uno de sus poemas. Por algo era hijo de felibre.

Y señaló uno por uno á los Pontífices, asignándoles una particularidad para que sus oyentes los viesen mejor. El primero, Clemente V, arzobispo de Burdeos, no era del país. A continuación reinaba Juan XXII, obispo de Aviñón, y venían tras él cinco más, todos lemosines ó provenzales. Benedicto XII, que empezó la construcción del palacio, llamado «el Cardenal Blanco» porque vestía siempre el hábito de su orden; Clemente VI, Papa protector de artistas y amigo de suntuosidades, el más famoso de todos; Inocencio VI, administrador como nadie de los bienes de la Iglesia; Urbano V, antiguo prior de la abadía de San Víctor, en el puerto de Marsella, que volvió á Roma cediendo á las súplicas de los italianos y á las visiones de ciertas santas, teniendo que regresar á Aviñón por serle imposible su permanencia en Italia; finalmente, Gregorio XI, que se plegaba á idénticas sugestiones, repetía el viaje y moría en Roma, dando motivo, sin quererlo, al llamado Gran Cisma de Occidente.

Luego señalaba los dos últimos retratos.

—Este es Clemente VII, el primer Papa de la llamada «obediencia de Aviñón», pariente de los reyes de Francia, que quiso tomar el mismo nombre del gran Clemente VI. Este otro, el español don Pedro de Luna, último Papa de Aviñón, muerto en Peñíscola (España), sosteniendo hasta el último momento la legitimidad de su pontificado.

Y saludó á Borja y á su acompañante con la misma reverencia que si les prestase homenaje como herederos del mencionado Papa.

Ellos no vieron su saludo, ocupados en mirar el retrato de un pequeño sacerdote sentado en un sillón de alto respaldo, con esclavina y gorro de terciopelo rojo ribeteados de armiño. Su rostro era de un moreno que recordaba el color de la corteza del pan; sus ojos, pequeños y luminosos, tenían una agudeza taladrante. Este rostro, según Borja, revelaba á un verdadero aragonés. Sólo así podía haber sido el más testarudo de los aragoneses, y eso que, según explicó á la criolla, los hijos de Aragón gozan tal fama de tenaces que pueden clavar un clavo en la pared empleando su cabeza como martillo.

Continuó la comitiva marchando por este gran palacio que treinta años antes servía aún de cuartel. Los frescos que no habían desaparecido enteramente iban surgiendo del enjalbegado de los muros gracias á un hábil trabajo de restauración.

La sala inferior de una torre que había sido capilla conservaba enteras las pinturas de sus paredes. Eran escenas religiosas y profanas, con figuras blancas y rubias sobre fondo azul: el famoso azul ultramar, traído del Asia por las caravanas, y tan caro en aquella época que los Papas adelantaban dinero para su adquisición por no poder comprarlo los artistas.

Siguieron caminando á lo largo de balconajes exteriores, con almenas, que coronaban las murallas. Estos matacanes eran de tal longitud, que los defensores del castillo podían arrojar vigas de varios metros sobre los asaltantes. Por encima de las techumbres, entre dos torres, vieron una pirámide de piedra, estrecha y alta, formada de pequeños escalones: la antigua chimenea de las cocinas papales. Dichas cocinas, enormes y ahumadas, las habían creído algunos arqueólogos, en la época del romanticismo, cámaras de la Inquisición, donde los Papas daban tormento á sus enemigos.