En otra torre encontraron una pieza adornada por Clemente VI con pinturas representando las bellezas del campo. Eran estos frescos á modo de una aurora del Renacimiento, ensalzando la alegría de vivir. Ninfas medio desnudas surgían chorreantes de un arroyo, huyendo ante la proximidad de los cazadores; un ciervo corría acosado en las praderas; pájaros colorinescos aleteaban sobre las copas de los árboles; campesinos y campesinas iban arrancando de sus ramas hermosas frutas; en viveros cuadrados nadaban ventrudos peces de plata.

Toda la vida libre de la Naturaleza había sido fijada sobre estas murallas extraordinariamente anchas, sin más respiraderos que angostos ventanales. Los Papas, aislados en su fortaleza, podían deleitarse gracias á dichas pinturas con un simulacro de la hermosura del campo. Pretendían consolar de tal modo sus nostalgias por la perdida juventud, cuando aún eran desconocidos, y se dedicaban libremente á los ejercicios corporales, á cabalgar por cuestas y llanuras, á la caza y á la pesca.

Los visitantes más ágiles ó animosos subieron por una larguísima escalera á las techumbres del palacio-fortaleza. El hijo del felibre quedó abajo con los más viejos de sus oyentes. No iba él á emprender tal ascensión cuatro veces por día.

—Contemplarán ustedes cosas inolvidables—dijo con cierta malicia, mientras parecía empujarlos hacia lo alto con la punta de su expresivo bastón.

Borja vió otra vez cerca de su rostro el adorable bulto de Rosaura, que ascendía delante de él. Percibió su perfume tentador. Las revueltas de aquella escalera estrecha provocaron nuevos contactos, aumentando su turbación.

Todos respiraron un aire que parecía de montaña al llegar á la terraza final. El paisaje era más amplio y claro que el descrito por el guía junto á las ventanas de una de las torres. Desde aquí podían ver el ancho Ródano, de corriente impetuosa, peinando sus espumas en los estribos del puente roto de San Benezet, que aún guardaba la vieja capilla de éste sobre uno de sus machones.

La ribera de enfrente, interminable en apariencia, era una isla. Se adivinaba por los mástiles de varias chalanas invisibles asomando sobre árboles y juncales. Más allá, nuevas masas de verdura, y el terreno empezaba á levantarse en colinas, formando la verdadera orilla opuesta. En ella terminaban en otros siglos los diez y ocho arcos del puente de San Benezet, admirado como el más largo del mundo. Una gran torre cuadrada, obra de Felipe el Hermoso, defendía la salida del puente de un ataque por la parte de Provenza. Detrás empezaba la Francia de la Edad Media.

Más allá de dicha torre vieron extenderse el caserío secular del pueblo de Villeneuve, con su corona de fortalezas ruinosas. En la época próspera de la corte papal había sido una prolongación de Aviñón. Los cardenales que no encontraban alojamiento en la ciudad se establecían en Villeneuve. Los refugiados políticos, los servidores de los séquitos señoriales, la muchedumbre de las grandes peregrinaciones, pasaban también el larguísimo puente para instalarse en la población inmediata.

Vieron casi á sus pies anchos y extensos muelles. Antes del ferrocarril, era Aviñón un puerto importante. Las barcazas se amarraban en filas interminables para transportar al Mediterráneo los productos del interior ó subir hasta el corazón de Francia las materias de Oriente desembarcadas en Marsella. Ahora sólo algunos lanchones tirados por remolcadores subían el Ródano con lentitud, entre islas de arena dorada, largas como peces, que el descenso del río hacía emerger.

Un sol tibio y dulce de primavera, un cielo añil limpio de nubes, un viento fuerte pero tolerable, que Borja consideraba como nieto bien educado del salvaje mistral, alegraron á los visitantes, después de su largo paseo á través de salas y galerías de piedra iluminadas por estrechos ventanales. Todos sintieron el regocijo de una embriaguez pulmonar semejante á la que se paladea en las grandes cumbres.