Rosaura se ocupó en defender la parte baja de su vestido de las irreverencias del viento, empeñado en levantarla, y como tenía ambas manos dedicadas á dicho trabajo y era propensa al vértigo de las alturas, buscó protección y apoyo en Borja. Éste, que había viajado mucho por Europa, empezó á manifestar un entusiasmo especial ante el paisaje de Aviñón, con su Ródano de pequeñas olas bermejas, sus colinas cubiertas de viñas, sus castillos ruinosos en las cumbres. Por su gusto hubiese permanecido allí el día entero contemplando la graciosa majestad de la antigua Babilonia papal. Esto le habría permitido igualmente sentir por más tiempo en todo un lado de su cuerpo el contacto estremecedor de otro cuerpo, apoyado con un abandono del que tal vez no se daba cuenta.

Siguiendo á sus momentáneos compañeros, que ya habían visto bastante, descendieron por el pétreo caracol de escalones. Rosaura bajaba delante de él, y sólo pudo ver ahora su blanca nuca, los rizos de su cabellera, corta como la de un paje, y el gracioso gorrito que la cubría.

Cerca de la puerta del palacio encontraron al hijo del felibre saludando uno por uno á sus antiguos oyentes. Tenía el kepis en su diestra, y al moverlo producía dentro de él ruidos metálicos. Toda mano, antes de alejarse, arrojaba una pieza de uno ó dos francos, y el truvador sonreía agradecido.

Puso Rosaura con discreta ligereza en el fondo del kepis un billete de veinte francos, y el guía creyó caso de conciencia no dejarla seguir adelante sin expresar su agradecimiento con algo extraordinario.

—Dijo Petrarca al Pontífice: «Padre Santo, el color de oro de estas piedras, el cielo puro reflejándose en el Ródano, los verdes campos de Aviñón, las aguas frescas de Vaucluse, ruiseñores, mariposas, serenatas, todo junto, nada vale lo que la sonrisa y los ojos dulces de una dama.»

Hizo acto seguido una genuflexión, como si pretendiera arrodillarse ante la hermosa señora, pero no pudo dar fin á su homenaje por tener que presentar el kepis á otros que venían detrás.

Borja se mostró irritado contra este hombre de inagotable exuberancia verbal.

—¡Embustero! No hace más que inventar disparates, poniéndolos en boca de Petrarca ó de sus Papas.

La hermosa viuda rió, como si le complaciese el enfado de su compañero.

—¡Pobre hombre! Déjelo en paz. No me negará que es un guía interesante y poético. ¡Y yo que guardaba un recuerdo tan falso de su persona!... Cualquiera diría que está usted celoso de él.