Atravesaron la bóveda de entrada, viéndose otra vez en la extensa plaza abierta por don Pedro de Luna.
Imitó Borja irónicamente las palabras y gestos del guía:
—Yo soy un idealista; soy más feliz que Rothschild y Rockefeller. Ninguno de ellos es idealista como yo... Y á continuación el soñador presenta su kepis para que le echen dos francos.
Rosaura le miró con ojos graves. Su rostro fué igual al que había visto Claudio la noche antes frente á la carta del mariscal de Napoleón pidiendo las codornices de su juventud.
—Para ser idealista—dijo lentamente—, para poder soñar, es preciso antes poder vivir... ¡Y nuestra vida nos obliga á tantas abdicaciones!...
V
El hijo de micer Petracco
Dejaron atrás los baluartes rosados de Aviñón, y el automóvil corrió á través de la campiña por un camino orlado de álamos.
Se alejaban de la cuenca del Ródano y el vehículo subía insensiblemente el declive de las colinas que limitan su valle fluvial. Iban hacia el nacimiento del Sorges, afluente del Ródano, que se pierde cerca de Aviñón, á la célebre fontana de Vaucluse, origen de este curso acuático, siempre claro y frío.
Borja habló á la señora de Pineda del hijo de micer Petracco, como él llamaba al gran lírico italiano. Había nacido en Arezzo por un azar de la vida política de su padre, educándose luego en la tierra papal de Aviñón.
Micer Petracco (Pietro di Parenzo) era un notario de Florencia que se vió obligado á huir de su ciudad en 1301, lo mismo que su amigo el Dante. Pertenecían los dos á la facción democrática del partido güelfo, llamada de «los blancos», y al triunfar «los negros», ó sea la facción aristocrática, éstos quemaron sus casas, confiscaron sus bienes y los condenaron á perpetuo destierro. Muchos proscritos se juntaron en Arezzo para preparar una revolución, y en este destierro nació tres años después Francisco Petracco, ó sea el hijo de Petracco, nombre que se fué transformando en Petrarco y finalmente en Petrarca.