Benedicto, valiéndose de Maestro Vicente, de su hermano Bonifacio y otros, trabajaba por una avenencia general, pensando que el reino de Aragón era el más firme apoyo de su Pontificado. Al fin convenían todos en dar al conflicto una solución democrática, hecho aislado y prematuro en la historia de aquellos tiempos. El nuevo rey iba á ser elegido por nueve diputados que votaría el pueblo, tres por cada uno de los reinos de Aragón, Cataluña y Valencia. Los valencianos designaban á Maestro Vicente, su hermano Bonifacio y un anciano legista. Entre los tres de Aragón figuraba Francisco de Aranda, el confidente de Benedicto, al que los enemigos de éste atribuían por su aspecto desaliñado y su gran barba habilidades mágicas y tratos con los espíritus infernales para sostener á dicho Pontífice. Los de Cataluña eran defensores de la candidatura del conde de Urgel. Se reunieron todos ellos en Caspe, villa aragonesa, cuyo castillo fué declarado neutral, quedando su guarnición bajo las órdenes de los nueve diputados.
Durante muchos días la atención de España y otros reinos de la cristiandad estuvo fija en Caspe. Era la primera vez que delegados del pueblo iban á elegir un rey libremente, siendo todos ellos hombres de origen modesto, religiosos ó legistas.
Los partidarios de uno y otro candidato se mantenían á distancia de Caspe, con sus gentes de armas. Iban y venían sin éxito embajadores de ellos para conferenciar con los nueve compromisarios. Éstos observaban una reserva prudente. Nadie podía adivinar sus predilecciones. Benedicto XIII, desde luego, mostraba igual mutismo.
Maestro Vicente creía en el diablo y en sus malas artes, lo mismo que los miembros del concilio de Pisa.
Todos, en aquella época, lo veían con frecuencia interviniendo en los asuntos menudos de la vida corriente, y más aún en los negocios generales del país. Algunos, ansiando saber quién sería el rey de Aragón, buscaron á un nigromante para que evocase al diablo, que conoce muchas veces las cosas del futuro, lo mismo que Dios. Pero el diablo, al comparecer ante el hechicero, confesó su impotencia en todo lo que se refiriese al llamado Compromiso de Caspe. Le inspiraba irresistible pavor un hombre que vivía ahora en dicha población, el milagroso Maestro Vicente, y éste le había ordenado no acercarse á ella en dos leguas á la redonda, para que le fuese imposible oir las discusiones de los compromisarios ni perturbarlas con sus malas artes.
—El futuro santo—continuó Borja—conocía al demonio de larga fecha y sabía descubrirlo á través de los más extraordinarios disfraces. Cuatro años antes, asistiendo al concilio de Perpiñán, se fijó en un ermitaño de grandes barbas, con la capucha sobre los ojos, que permanecía sentado cerca de Benedicto XIII, sin que nadie lo conociera, y daba al Pontífice insidiosos consejos. No tardó en adivinar Maestro Vicente que era uno de los diablos ocupados en la prolongación del cisma, y le ordenó que se marchase. El demonio, viéndose descubierto, dijo: «Cállate, traidor; me marcho de aquí porque no tengo otro remedio, pero pronto tendrás noticias mías.» Y al día siguiente el abad de un monasterio próximo, gran amigo del santo, moría de una dolencia inexplicable... Pero volvamos á Caspe.
Cuando, terminadas las discusiones, llegaba el momento de nombrar el futuro rey, Maestro Vicente, aunque no les correspondía á los delegados valencianos ser los primeros en la votación, se apresuró á manifestar cuál era su candidato, decidiéndose por don Fernando de Antequera, y la mayoría de sus compañeros hizo lo mismo.
Sin duda era también el candidato de Benedicto. En su juventud se había batido éste como soldado por don Enrique de Trastamara, ascendiente de don Fernando. Además, estableciendo una dinastía castellana en Aragón, podía contar con el apoyo de los dos reinos.
—Muchos catalanes—continuó Borja—no han perdonado aún á San Vicente Ferrer que abusase de su prestigio, imponiendo á un castellano en la elección de Caspe.
Maestro Vicente, que en aquellos tiempos, en que no existía aún la nación española, empleaba con frecuencia la palabra «españoles» al dirigirse á sus oyentes, intentó realizar de tal modo la unidad nacional.