Rosaura, por un secreto instinto, sin percatarse del verdadero móvil de tal precaución, evitó mencionar el número de los días pasados en la ciudad papal. Hablaba de su encuentro con Borja como si hubiese sido veinticuatro horas antes. El estudioso joven iba á quedarse en Marsella tomando notas para su libro, y ella, cansada de París, continuaría su viaje á la Costa Azul.

Bustamante, después de preguntar á la viuda por la salud de varios personajes sudamericanos amigos de los dos, creyó llegado el momento de hablar á Borja de «cosas serias», dejando que las mujeres conversasen aparte, en torno á la mesita de té.

—Debo explicarte mi viaje—dijo en voz baja—. Ha sido una decisión repentina... Tú habrás visto en mi última carta que se preparan sucesos importantes. El jefe ha pensado en mí. Quiere que sea embajador en el Vaticano así que subamos al poder, y esto sólo puede tardar unos meses, tal vez unas semanas. Se necesita allá un hombre de talento diplomático que posea además un nombre célebre en el extranjero, especialmente en América, y por eso ha pensado en mí. Vamos á reformar el Concordato con el Papa en un sentido liberal.

Aprobó Borja con movimientos de cabeza, sonriendo al mismo tiempo de un modo ambiguo. Dudaba de esta reforma que enorgullecía de antemano al futuro embajador como si fuese cosa hecha.

—Tú conoces á mi gran amigo Enciso de las Casas. Lleva veinte años de ministro plenipotenciario de su país ante la Santa Sede. Conoce mucho á Roma, todos los cardenales son amigos suyos y comen en su casa. Sabes también que muchas veces me ha invitado á ir con mi familia á pasar unos días en su magnífico palacio. He ido demorando la visita, pero ahora la juzgo urgente; me servirá de exploración. La semana próxima da Enciso una gran fiesta para inaugurar su sala de pintores místicos. Al mismo tiempo celebrará con un banquete su ingreso en la Academia de los Arcades. Y todos en casa nos hemos decidido de pronto á tal viaje, aceptando la hospitalidad del ilustre americano, gloria de los países que hablan nuestra lengua al otro lado del Océano... Así podré estudiar el escenario en que voy á moverme.

Borja conocía de nombre á Enciso de las Casas. Era un millonario de la América del Sur, que se había instalado en Roma por sus aficiones literarias. Para mayor prestigio de su persona, desempeñaba gratuitamente la representación de su país en el Vaticano, y todavía le costaba mucho dinero la pompa de tales funciones diplomáticas ad honorem. La viuda de Pineda había frecuentado su palacio al pasar por Roma, y cuando le hablaban de Enciso sonreía con bondad: «Una excelente persona; un padre de familia, riquísimo y devoto, que no se cansa de escribir libros y quiere añadir á sus glorias de diplomático honorario cierta despreocupación de bohemio.»

Otros americanos del Sur, por envidia ó rivalidad, se mostraban crueles con él, presentándolo como un grafómano incansable. Todos los años publicaba un volumen sobre las antiguas ciudades italianas ó el Papado en la Edad Media, describiendo con inocente aplomo lo que numerosos autores habían relatado antes que él, creyendo de buena fe ser el primero que hablaba de tales materias.

Siempre tenía dos ó tres cardenales amigos que frecuentaban su casa con una alegría desenvuelta de personajes laicos. Familias nobles y arruinadas formaban el coro ostentoso de sus banquetes y recepciones. Él repetía con fruición unos apellidos históricos tantas veces mencionados en sus propios libros, y esto le consolaba en parte de las contribuciones que le imponían valiéndose de pretextos indirectos. Dichas gentes patricias, venidas á menos, le hacían comprar antigüedades, le recomendaban vinos y alimentos italianos, se movían en torno á él como procuradores y corredores de los más inesperados negocios.

Una familia de remota nobleza le había vendido el palacio que ocupaba en Roma por un precio que hacía sonreir hipócritamente á sus iguales, envidiosos de tan magnífica «combinación». Un guardia noble del Papa y un camarero de capa y espada acababan de sacar de la cancillería pontificia dos títulos de conde para ser en lo futuro dignos yernos de Enciso de las Casas.

El personaje pseudorromano procedente de la otra orilla del Atlántico sentíase unido á Bustamante por la gratitud. Don Arístides lo había llevado á Madrid para que diese varias conferencias, y el ministro plenipotenciario, vistiendo un frac cuya parte izquierda estaba enteramente cubierta de condecoraciones y con otras más pendientes de su cuello, leyó durante tres noches una serie de descubrimientos históricos, que muchos de los oyentes conocían de larga fecha, sobre la Florencia de los Médicis, la política naval de Venecia ó los artistas célebres del Renacimiento.