Animaba el ilustre Bustamante á los auditores adormecidos ó impedía los comentarios insolentes de la juventud. Borja se acordaba de haber asistido á una de las tales conferencias. «Hay que estrechar las relaciones hispanoamericanas—decía don Arístides—. Debemos ser patriotas además de corteses.» Y una vez más repetía su grito: «El porvenir de España está en América.»
—Pasaremos en Roma unas semanas—continuó el grande hombre—. Por su gusto mi amigo Enciso me tendría allá siempre. Pero volveré como embajador, y los ministros de toda nuestra América en la Roma católica celebrarán que España haya enviado un hombre de mi categoría para apoyarles en sus asuntos.
Después de dar tales noticias olvidó su propia importancia para fijarse en su familia. Estela, su hija, había acogido con entusiasmo el viaje. Conocía Roma á través de las novelas que describen las persecuciones de los cristianos. Sentía un deseo vehemente, que su padre llamaba «romántico», por ver el Coliseo, en cuya arena morían los primeros mártires bajo las zarpas y los colmillos de las fieras; por visitar las ruinas de los palacios que habitaron Nerón y otros Césares, los cuales se le aparecían imaginativamente como personajes de ópera bajando de un carro de oro falso entre muchedumbres de coristas y figurantes.
Su tía doña Natividad, viuda de Gamboa, sólo hacía el viaje por ver al Papa y comprar una buena cantidad de rosarios bendecidos para repartirlos entre sus amistades. Tía Nati, como la llamaba Estela, era un personaje familiar que hacía sentir su influencia en la casa de Bustamante, aunque éste no la reconociese otro papel que el de ama de gobierno ennoblecida por el parentesco.
Era pobre y no tenía más medios de subsistencia que el amparo de su cuñado. Creía en la injusticia del destino y se consolaba de ella odiando sordamente á todos los que parecían dichosos. A Claudio Borja lo toleraba con sonrisa agridulce por considerarlo futuro esposo de Estela. A ésta parecía amarla, pero restringiendo su afecto al pensar que sólo era sobrina y no podía dirigirla con el mismo despotismo que si hubiese sido hija suya. A su cuñado Bustamante lo menospreciaba en silencio. El grande hombre, que era de carácter generoso, la dejaba en libertad para los gastos de la casa, pero esto no impedía que ella, cada vez que don Arístides parecía contento por un éxito político ó una satisfacción personal de abogado, levantase los ojos al cielo protestando de las desigualdades de la suerte: «¡El pobre Gamboa!... ¡Valiendo mucho más que él!»
Gamboa, cuya fisonomía era ya semejante al perfil de una moneda borrosa para los pocos que se acordaban de él, seguía viviendo en la memoria de su viuda con todos los prestigios de un héroe magnífico y desgraciado. Don Arístides lo describía en sus ratos de buen humor como una víctima del carácter dominante de su esposa, pobre abogado sin iniciativas, que vegetó siempre en las capas más hondas de su mundo profesional. Doña Nati había pasado los años matrimoniales echándole en cara esta mediocridad que la mantenía á ella en una posición humillante junto á su hermana. Luego, al quedar viuda, vió en Gamboa á un grande hombre nunca comprendido, superior en todos conceptos á Bustamante, cuyo talento no podía reconocer por haberle mirado siempre de cerca. La improbabilidad de que volviese á ser ministro era el más dulce consuelo de su vida fracasada, y al verle ahora de pronto casi embajador, volvía otra vez sus ojos á lo alto con expresión de protesta.
Esto no le impidió aceptar alegremente el inesperado viaje á Roma. Además, su cuñado prometía llevarla meses después al palacio de la Embajada de España para que recibiese las visitas al lado de Estela, tan inexperta, tan poquita cosa, como si aún llevase la falda corta de su niñez.
Tía Nati era alta, abundante en carnes, muy morena, de grandes ojos negros (lo único apreciable que conservaba de su juventud), la boca algo abultada, con un poco de vello en el labio superior, y una nariz ancha, de ventanas redondas y obscuras, que la daban cierto aspecto de insolencia, como si estuviese á todas horas sorbiendo aire por ellas ruidosamente.
Guardaba fresco en su memoria, pasados los cincuenta años, todo lo que le dijeron los hombres cuando sólo tenía veinte, y estaba segura de que el destino la había tratado con la misma injusticia que al pobre Gamboa. La presencia de una mujer hermosa, con todos los refinamientos de la elegancia, provocaba en ella un gesto despectivo.
—¡Si yo hubiese querido oir á los hombres!... ¡Si hubiese sido rica para poder gastar!