La viuda de Pineda representaba uno de sus odios más vehementes. Su paso por Madrid, tan celebrado por Bustamante, figuraba entre sus recuerdos luctuosos. Todos los hombres, incluso su cuñado, le habían parecido animales despreciables siguiendo á esta mujer con irresistible deseo. Sólo la reconocía en público el mérito de tener unos cuantos años menos que ella. (Unos cuantos eran más de veinte.) También la irritó el verse todos los días en la obligación ineludible de envidiar sus alhajas, sus vestidos y otros detalles de una elegancia incesantemente renovada.

El tiempo y la ausencia amortiguaban este mal recuerdo, y ahora, inesperadamente, cuando se sentía quebrantada por un viaje en ferrocarril que había venido á sacudir su existencia sedentaria, lo primero que encontraba al llegar á Marsella era á la mujer odiosa, tan celebrada por el bobo de su cuñado y por su misma sobrina.

—¡Qué casualidad encontrarla aquí y en compañía de Claudio!... ¡Quién podía esperar esto!

Y sonrió con una expresión que dilataba aún más los agujeros de su nariz y hacía asomar entre sus labios de obscuro rosa unos dientes brillantes, algo amarillentos, como el marfil viejo.

Estela dió explicaciones á la gran señora sobre su viaje. Habían llegado al hotel poco después de mediodía. Tía Nati, á causa tal vez de su cansancio, olvidaba en el vagón un bolso que contenía objetos importantes: sus pobres alhajas, recuerdo de los tiempos de Gamboa, las llaves de los equipajes de los tres, dinero y papeles confiados por Bustamante. Éste, al notar dicha pérdida, había tomado un carruaje para volver á la estación, encontrando afortunadamente el objeto abandonado.

Permanecieron en el hall esperando la hora de la comida. Estela miraba á Claudio con una timidez y un deseo en los ojos que hacían recordar la expresión apasionada y miedosa de ciertas bestezuelas de movimientos ligeros, sumisas y dulces. Borja la sonreía también, pero sin hacer nada por aproximarse á ella.

Mostró Bustamante una movilidad juvenil, hablando á unos y á otros como si estuviera en un salón de su casa y necesitase atender á todos sus invitados. Cambió repetidas veces de asiento, acabando por colocarse entre Claudio y la hermosa viuda de Pineda, y esto hizo que aquél quedase junto á su hija.

Pudo escuchar Rosaura una parte de la conversación de los dos jóvenes mientras fingía oir á don Arístides. Borja contaba tranquilamente á su novia su vida en Aviñón, excusándose por la tardanza en contestar á algunas cartas de ella. ¡Había estudiado tanto!... ¡Era tan interesante lo que llevaba visto!...

La presencia de Estela despertó en él cierto remordimiento por su conducta reciente. Se habían separado en Madrid mes y medio antes. Él la escribía con regularidad en el curso de su viaje, como un esposo de afectos tranquilos cuenta á su mujer todo lo que ve. Durante dos semanas le escribió desde Aviñón una carta cada tres días, recogiendo en la oficina de Correos las que ella le enviaba desde Madrid... Después... después no había escrito y ni siquiera se acordó de la existencia de dicha oficina. Tal vez á estas horas una ó dos cartas de la hija de Bustamante estaban esperando allá que Claudio fuese á recogerlas.

Sus ojos establecieron una comparación entre Estela y la hermosa criolla. Viéndolas sentadas una junto á otra, Borja recordó cierta precaución de los jardineros al cortar las rosas grandes. Siempre dejan cerca de ellas un botón sin abrir, que parece aumentar por la fuerza del contraste la belleza majestuosa de la otra flor.