La pobre Estela era el capullo al lado de la rosa soberbia, una esperanza indecisa, todavía sin realidad. Tenía el fresco atractivo de la juventud: ojos vivos, sonrisa dulce, una cabellera de rubio ceniciento, un cuerpo primaveral indeterminado en sus formas, que apenas si se diferenciaban de las de un muchacho esbelto. Podía ser hermosa gracias á una última evolución; podía quedarse estacionada, tal como era actualmente, y al llegar su madurez é iniciarse su decadencia, hacer creer en una belleza esplendorosa que nunca había existido.
Estela le rogó que se agregase á su tutor, yendo con ellos á Roma; pero Claudio se opuso con cierta rudeza. Por el momento le era imposible. Necesitaba quedarse en Marsella. Después volvería á España, siguiendo el mismo derrotero que el papa Luna en su último viaje, no parando hasta Peñíscola.
Como si se arrepintiese de su brusquedad, prometió finalmente ir á Roma, pero más adelante, cuando don Arístides fuese embajador. Esto representaría para él una buena ocasión de poder ver ciertas cosas que no son mostradas al común de los visitantes. ¡Qué no llegaría á conseguir don Arístides siendo embajador de España en el Vaticano!...
El grande hombre, por su parte, contestaba con negativas corteses á una invitación de la viuda de Pineda.
—Imposible, mi distinguida amiga... Verdaderamente dolorido de no poder aceptar su valiosa oferta. Con mucho gusto pasaríamos unos días en su magnífica posesión de la Costa Azul, de la que he oído contar maravillas; pero el amigo Enciso nos espera antes del jueves próximo. Ese día lo hacen Arcade, y se celebra el gran banquete. Debemos continuar nuestro camino mañana á primera hora, y por eso hemos dejado el equipaje en la estación. Cuando volvamos por aquí, dentro de poco, me permitiré hacer esa visita, si está usted en su palacio mediterráneo. Entonces seré todo un embajador, y usted, mi eminente amiga, tendrá que llamarme Excelencia, según las costumbres de la alta diplomacia.
Y el personaje rió del ambicionado cargo, con la falsa modestia de un poderoso que se digna prescindir para sus íntimos de las grandezas terrenales que le enorgullecen.
Entraron juntos en el comedor, ocupando todos la misma mesa. Doña Natividad, durante la comida, se mostró menos ácida en palabras é intenciones. Bustamante había observado que era siempre más tolerable con un tenedor en su diestra. La alimentación parecía amansarla, ejerciendo en ella un influjo semejante al de la música sobre las fieras, en los tiempos mitológicos.
Pidió detalles á Rosaura acerca de las modas y las últimas costumbres de París. Esto la serviría, cuando volviese á Madrid, para deslumbrar á sus amistades, dando á entender que había vivido en trato continuo con gentes del llamado «gran mundo». Mostró un envidiable talento de modista malograda, haciendo preguntas que desconcertaron á la criolla.
—No sé—decía ésta modestamente—; yo me limito á comprar las cosas si me gustan. Ignoro cómo se hacen. Soy muy torpe.
Cuando tía Nati consideró saciada su curiosidad sobre vestidos, le preguntó por la salud y el crecimiento de sus dos hijos: