—Deben ser ya grandecitos. ¿Dónde están ahora?... ¿Los ve usted con frecuencia?...

Insistió en hablar de los hijos de Rosaura. Ella no había tenido ninguno, y apreciaba su esterilidad orgullosamente, como si esto la proporcionase un extraordinario remozamiento, igualándola con la otra.

Después de la comida, al sentarse de nuevo en el hall, la energía hostil de tía Nati se desvaneció repentinamente. Sintió de golpe el cansancio de los días anteriores de viaje, quedando inmóvil en su sillón, con los ojos muy abiertos y redondeados fijos en la rica dama, pero sin decir una palabra más. Parecía dormir interiormente, acogiendo de vez en cuando con movimientos de cabeza afirmativos lo que hablaban Rosaura y Estela, sin que llegase á entenderlo, no obstante ser una prolongación de la misma plática sobre modas y otras elegancias de París.

Bustamante, gran fumador de cigarros habanos, remitidos por sus amigos de «allá», encendió uno de ellos, colocándose lejos de las señoras, en compañía de Claudio Borja, el cual nunca había querido aceptar estos barrotes de tabaco que le ofrecía su tutor.

Regocijado por el optimismo que proporciona una buena digestión y la perspectiva de dormir en mullida cama después de dos noches de tren, don Arístides trató al joven con una camaradería familiar, como si los dos fuesen de la misma edad. Su mirada maliciosa recordó á Borja la de algunos señores viejos que al final de un banquete, paladeando el café y la copa de licor, le habían dicho: «Ahora que estamos entre hombres, joven, hablemos un poco de mujeres.»

Mostraba igual animación que cuando recibía en Madrid la visita de algún americano y éste le contaba intimidades y escándalos de otros compatriotas amigos suyos. Designó con la vista á su «distinguida y bella amiga», y fué pidiendo aclaraciones de cómo la había encontrado en Aviñón, viniendo de París.

—¿Viajaba sola?... ¿No venía con ella un personaje americano llamado don Rafael Urdaneta?

Y al saber que Rosaura volvía sola á la Costa Azul, sonrió con expresión de suficiencia, como si adivinase el motivo de dicha soledad.

—Deben estar en una de sus peleas. Me han contado que riñen ahora frecuentemente. Muchos creen que eso va á terminar pronto.

Borja mostró impaciencia por saber quién era el tal Urdaneta, nombre que había oído algunas veces, y el presidente de la «Fraternidad Iberoamericana» pareció escandalizado de tanta ignorancia.