—Un grande hombre en su país, un exponente representativo de las virtudes y defectos de nuestra raza. ¡Lástima que el escenario en que le obligó á moverse su nacimiento sea tan pequeño! De haber surgido en una de las repúblicas grandes, hablarían de él todos los periódicos de la tierra. Un héroe de otros tiempos, el general-doctor.

Calló un instante, y temiendo que el joven considerase hiperbólicas sus palabras, se apresuró á añadir:

—Urdaneta no es de los nuestros, mas no por eso dejo de verle tal como es. Resultaría injusto afirmar que no ama á España. Cuando estuvo en Madrid organicé fiestas en su honor. Sus mayores entusiasmos fueron para las corridas de toros y las bailadoras andaluzas. Como me di cuenta de que se aburría, me contestó con franqueza: «Vea, doctor; esto es igual que mi tierra; más en grande, pero igualito. Como dicen allá: «Arroz con papas ó papas con arroz, da lo mismo». No vale la pena cruzar el mar para ver idénticas cosas.» A él le gusta París, Londres, Berlín... sobre todo París. Ha dormido tantas veces á la intemperie y sufrido tales privaciones haciendo la guerra en las selvas, que necesita á modo de compensación vivir en ciudades de millones de habitantes, ver mujeres cubiertas de alhajas, tener un frac sobre el cuerpo todos los días á las siete de la tarde.

Luego le contó la existencia de este hombre enérgico y cínico, amante de la gloria y escéptico al mismo tiempo, incansable derrochador de dinero, orgullo y calamidad de la pequeña república en que había nacido.

Dicho país, como otros de América, escasos en población y metidos en continuas guerras, tenía su clase dominante dividida en dos grupos: el de los generales, centauros hábiles en el manejo del machete, crueles é iletrados, con cierta habilidad para tañer la guitarra é improvisar versos cuando eran jóvenes, y el de los doctores ó licenciados, varones graves, de rebuscada palabra y tono solemne, que vestían chaqué negro hasta dentro de sus casas, á pesar de la calurosa temperatura, y pretendían gobernar al país en nombre del poder civil.

Se había colocado Urdaneta sobre los dos partidos, haciéndose general en una revolución y tomando el grado de doctor en la Universidad de una república vecina.

Sus partidarios le designaban por antonomasia con el título de «el general-doctor». No podía existir otro. Era un mago, un brujo, que parecía disponer de la voluntad de los hombres, seduciéndolos con su palabra. Le bastaba salir á caballo por los campos, seguido de unos cuantos amigos, para verse á las pocas semanas al frente de todo un ejército que decía á gritos, con la fe del fanático: «¡Viva el general-doctor!»

Bustamante lo describía físicamente. Este hombre hermoso tenía una belleza de otras edades. En Europa seguía con fidelidad todas las modas varoniles; pero muchos se lo imaginaban llevando coraza y casco, al mismo tiempo que le veían con pechera brillante, corbata blanca y frac. La única innovación masculina que no había querido admitir era la de rasurarse el rostro ó mantener sobre el labio superior un pequeño bigote. Conservaba la barba entera, una barba rizosa, ondulada, de negro azuleante, que descendía hasta su pecho. Tal adorno capilar, que había sido común algunos años antes, llamaba ahora la atención en restoranes y salones, atrayendo hacia él las miradas femeninas. Parecía llevar en torno á su persona un ambiente de fiereza cortés, de brutalidad viril. Disimulaba su falta de escrúpulos y su atropelladora ansia de vivir empleando toda clase de fórmulas galantes ó de afirmaciones caballerescas en su trato con mujeres y hombres.

Vivía en Europa, derrochando el dinero como un príncipe de Oriente, y su país se encargaba de costear dicha prodigalidad. Nunca había querido ser presidente de su República. Esto le habría obligado á permanecer en ella, teniendo que contentar á sus partidarios, perdiendo su prestigio fabuloso al ser visto de cerca. El general-doctor prefería convertir en presidentes á pobres hombres que le eran adictos, con la obligación de atender todas las peticiones que él les hiciera desde París. Algunas veces resultaban tan enormes, que el gobierno no podía aceptarlas. En otras ocasiones sus favorecidos pretendían emanciparse, obrando por cuenta propia, al verle lejos.

Urdaneta, en tales casos, apelaba al recurso de la intervención. Salía de su hotelito de París, cerca del Bosque de Boulogne, como el que va á una partida de caza, desembarcaba en las costas de su patria, y dos mil ó tres mil hombres corrían inmediatamente hacia él dando vivas al general-doctor, contentos de que empezase una guerra más.