Justificaba su desembarco en nombre de la libertad y del progreso. El gobierno llevaba al país á una vergonzosa reacción, y él no podía tolerarlo. Cuando eran gentes populares las que le habían negado obediencia, pretendiendo que la nación viviese libre de su tutela, hablaba Urdaneta en nombre del orden y de la propiedad, sacros principios que los demagogos ponían en peligro desde el poder. De un modo ó de otro, todo se resolvía con una campaña rápida y una entrada triunfante en la capital del victorioso caudillo, llegado siempre á tiempo para salvar á su patria. Y Urdaneta, después de hacer presidente á otro amigo de confianza, se volvía á Europa como modesto ciudadano, no queriendo aceptar la dirección suprema del país.
En vano sus enemigos habían pretendido matarle á traición ó acariciaban la esperanza de hacerlo prisionero y fusilarlo, en uno de sus desembarcos. Parecía que una influencia mágica lo guardase. Las gentes morían por él ó le salvaban de toda clase de asechanzas. Cuando alguien de su intimidad se entendía con los enemigos, era descubierto por la astuta vigilancia de otros fieles y muerto á machetazos.
—En Europa—dijo Bustamante—es costumbre reirse de estas revoluciones pequeñas de América y de los caudillos que las dirigen. Efectivamente, resultan grotescas vistas á distancia y desde lugar seguro. Contempladas de cerca son otra cosa y ponen serio al hombre más burlón. Se matan como si fuesen chinches, la vida humana no tiene valor para unas gentes cuyo estado perfecto es llevar el rifle en la diestra, sin reconocer ningún respeto divino ni humano. ¡Los hombres que han muerto por el general-doctor! ¡Los que lleva fusilados!... Esto no impedirá que cuando veas á Urdaneta te sientas seducido por él, como cualquiera de sus partidarios. Es un gentleman, mejor dicho, un caballero á la antigua, sentimental, de una amabilidad casi pegajosa, capaz de los mayores sacrificios por personas que acaba de conocer; pero detrás de todo eso se adivina algo inquietante que no deja vivir á su lado con entera tranquilidad... Gasta sin tasa, hace partícipes de sus despilfarros á los que están cerca, es gran convidador y algo distraído para apreciar lo que es suyo y lo que pertenece á los demás. Cuando el gobierno de allá no puede enviarle dinero, lo pone á contribución buscando negocios en Europa y en los Estados Unidos. Vende toda clase de concesiones á Bancos y particulares, cede minas de plata y pozos de petróleo que nunca ha visto y muchas veces son fantasías de las gentes de aquel país, grandes inventoras de cuentos, como todos los indios.
Mostró Borja cierta impaciencia. Ya había oído bastante de Urdaneta. Podía reconocerlo después de tal descripción. Él quería saber algo más. ¿Qué relaciones eran las suyas con la viuda de Pineda?...
Don Arístides adoptó un tono de tolerancia y bondad.
—Era inevitable que acabasen contrayendo relaciones amorosas (llamémoslas así), por ser ambos los personajes más importantes y celebrados entre las gentes de habla española que residen en París. Nuestra hermosa amiga representa la elegancia, la riqueza sólida; Urdaneta, la aventura heroica, el dinero desordenado y con intermitencias, como el agua de ciertas fuentes.
La argentina había empezado por reirse un poco del general-doctor, como si perteneciese á una casta humilde. Tenía el orgullo de su vasto país, limpio de revoluciones, en eterna paz y abundancia. La «republiqueta» de aquel hombre, del que todos hablaban, era menos grande que la más exigua provincia de la Argentina. Pero al tratar á Urdaneta en las tertulias y fiestas de París, acababa por sentir su influencia y se rendía á él, como tantas otras mujeres de la alta sociedad, artistas y cocotas célebres, seducidas por sus generosidades pecuniarias ó sus arrogancias de varón seguro de su fuerza.
Rosaura había ocultado discretamente estas relaciones, pero ni ella ni su amante podían vivir á todas horas á cubierto de los curiosos. Además, el enardecimiento pasional de los primeros meses acabó por hacerles cometer muchas imprudencias. Mientras permanecían en París les era fácil disimular su intimidad; mas luego emprendían largos viajes juntos, que acababan por hacerse públicos merced á indiscretas noticias de los periódicos ó á las revelaciones de otros viajeros. Rosaura parecía no haber amado nunca hasta entonces, tal era su entusiasmo.
—Luego ha persistido este amor, pero en otra forma, sin paz ni confianza, con una continua sucesión de celos, disputas y nuevas reconciliaciones. Nuestra amiga empezó hace tiempo á ver á Urdaneta bajo una nueva luz. No puede sentir la misma seducción heroica que las europeas ante el hermoso general-doctor. Esta señora es de allá y aprecia mejor las cosas. Creo que cuando riñen le echa en cara la pequeñez grotesca de su «republiqueta», extrañándose de que intente igualarse con ella por el hecho de que sus dos países están en América. «Yo soy de una República grande: yo soy argentina.» Hasta me han dicho, y no sé si creerlo, que en alguna de tales disputas al hombre de la «republiqueta» se le va la mano, apurada su paciencia, y la hermosa criolla huye de él por algún tiempo. Luego vuelve; pues, según parece, gusta de los caracteres fuertes, de los hombres verdaderamente masculinos, y acepta á su héroe con todos sus defectos. Se mantienen en realidad como muchos matrimonios legalmente constituídos. Él, cansado de su dicha, comete infidelidades; ella vive en continuos celos ó fingiendo un desprecio que no siente; se pelean, se abandonan, se buscan después. Urdaneta, por su voluntad, sería hace tiempo el esposo legítimo de ella. Un casamiento con la rica criolla afirmaría su situación financiera. Pero la viuda sabe lo que puede sufrir su fortuna con tal matrimonio, conoce el poder de «la plata» por ser de un país donde ejerce más influencia que en otros, no quiere verse arruinada, y prefiere continuar esta situación ilegal que todos le perdonan.
Cierto ruido de sillas hizo que el grande hombre callase, volviendo los ojos hacia donde estaban las señoras.