Tía Nati había sentido aflojarse los resortes de su voluntad, y siempre con los ojos muy abiertos, dejó caer su cabeza sobre el pecho, aumentando la fuerza de su respiración. Estela dió excusas. Las dos estaban muy cansadas, y doña Nati, á causa de sus años, no podía resistir las fatigas del viaje.

Esta alusión á su edad pareció despertarla, comunicándole una viveza agresiva; pero al fin se plegó á los deseos de la joven, ansiosa de retirarse á sus habitaciones.

Se despidieron de Rosaura. La criolla, por su parte, también se mostraba impaciente, mirando de reojo un abultado sobre que el portero del hotel había dejado minutos antes sobre el velador. Las tres mujeres se besaron, manifestando deseos de verse pronto, aunque la señora de Pineda y tía Nati no sentían gran prisa de volver á encontrarse. La invitación quedaba aceptada: visitarían á la argentina en su casa de la Costa Azul, cuando don Arístides fuese de embajador á Roma.

—Ahora á dormir—dijo Estela á su tía—. Piense que mañana á las nueve hemos de continuar nuestro viaje.

Rosaura, al quedar sola, se apresuró á abrir el sobre colocado sobre la mesa. Tal era su impaciencia, que ni se acordó de los dos amigos que seguían conversando en el fondo del hall sin perderla de vista.

Fueron saliendo del sobre grande cartas más pequeñas, tarjetas postales, toda la correspondencia llegada á su «villa» de la Costa Azul durante su viaje, y que le reexpedía la doncella.

Miró ávidamente la letra de los sobres. Echó á un lado otros con la dirección impresa, que parecían contener catálogos de modas, anuncios de perfumistas y de joyeros. Examinó por ambas caras varias tarjetas postales. Luego hizo un gesto de desaliento... Nada.

El célebre abogado, que se tenía por muy hábil para adivinar las más intrincadas situaciones gracias á su inducción, dijo en voz queda:

—Sin duda está esperando una carta de Urdaneta pidiéndole perdón para reconciliarse una vez más, y la carta no llega. Casi estoy seguro de que ha reñido con el general-doctor.

V
El alba del protestantismo