Era cerca de mediodía cuando Rosaura bajó al salón del hotel. Borja la esperaba hojeando sin interés diarios y revistas algo atrasados que llenaban una mesa, y se apresuró á saludarla.
Había despedido en la estación á don Arístides y su familia. El tiempo era malo. Empezaba á soplar el mistral, modificando la fisonomía de Marsella.
Los dueños de los cafés de la Cannebière parecían capitanes de buque ordenando una maniobra. Sus tripulaciones de camareros amarraban los toldos con cabrias y cuerdas iguales á las de los barcos de vela; luego aseguraban con puntales las mamparas de vidrio de las terrazas, para que no las derribase el huracán. Sobre las aguas obscuras del Puerto Viejo danzaban con iguales vaivenes las embarcaciones grandes y pequeñas. El viento extraía polvo y papeles de los rincones de las calles, haciéndolos girar en espiral. Sonaban como disparos los golpes de las persianas al cerrarse. Y toda esta violencia instantánea de ciclón contrastaba con la serenidad del cielo, intensamente azul, barrido de nubes.
Rosaura había despertado muy tarde, después de pasar una mala noche. Atribuía á este cambio atmosférico la excitación de sus nervios. Su rostro ojeroso y afilado, de intensa palidez, revelaba las horas de insomnio. El mistral venía á aumentar su nerviosidad.
—¡Qué fastidioso permanecer aquí encerrada el día entero!... Envidio al señor Bustamante y á su familia, que huyeron á tiempo. Me dan ganas de hacer lo mismo. Aunque este huracán dura á veces tres días, prefiero arrostrarlo en el camino. Sólo necesito seis horas de automóvil para verme en mi casa.
Borja se apresuró á tranquilizarla con su optimismo. Tal vez era un falso mistral y terminaría á media tarde. Debían despreciar su furia yendo á cierto restorán, famoso por sus platos de la antigua Provenza.
Salieron del hotel, pero al pisar la acera de la Cannebière la bella criolla se estremeció, volviendo inmediatamente atrás. Había recibido una fría bofetada en pleno rostro, sintiéndose á continuación envuelta por los anillos glaciales del vendaval. Creyó que alguien le arrancaba el sombrero de su cabellera. Tuvo que llevarse ambas manos á las hinchadas faldas, que, no obstante su estrechez, pretendían subirse hasta su pecho. La sorpresa le hizo gritar, y creyó que el viento llenaba su boca con una bola de algodón helado. Borja la siguió en este retroceso, riendo de su alarma.
—¡Imposible salir!—dijo ella—. Prefiero el aburrimiento del hotel. Almorzaré aquí, y usted me acompañará. Por fortuna, escuchándole transcurre el tiempo sin que una lo sienta.
Volvieron á instalarse junto á un velador del hall, y al poco rato Borja, sin saber cómo, aludió á la mala noche que ella había pasado. Era indudablemente porque sufría grandes contrariedades. Tal vez esperaba noticias que no llegaban. Bien podría ser que la molestasen penas de amor.
Rosaura pareció irritarse al oir tales suposiciones, y miró al joven con hostilidad.