—¿Se imagina usted que no tengo otros asuntos en mi vida que acordarme de los hombres?... ¿Ha olvidado que soy madre de dos hijos, en los que pienso á todas horas?...

Calló un momento, para añadir con energía:

—Oiga, Borja: si quiere que continuemos siendo amigos, no me hable de amor, ni refiriéndose á otros ni pensando en usted. Adivino en qué pararían nuestras conversaciones si las continuásemos. Escucharía su declaración número no sé cuántos, pues resulta imposible estar á solas con usted sin que inmediatamente hable de su amor y de «nuestra futura felicidad», que yo me empeño en no aceptar. ¡Qué español ardoroso!... Piense en Estela, en su futura esposa, y eso le tranquilizará. ¡Si hubiese podido ver usted mi interior cuando estábamos anoche aquí!... No he hecho nada malo, y sin embargo, sentía remordimiento al estar junto á su novia, ese pobrecito ángel, y al recordar que usted, grandísimo hipócrita, me ha declarado su amor muchas veces desde que nos encontramos en Aviñón... Seriamente, Claudio, no quiero avergonzarme más por cosas que no he pensado hacer nunca, y si usted, al verse solo conmigo, ha de seguir lo mismo que antes, es mejor que se vaya.

Luego perdió su agresiva seriedad, para añadir sonriendo:

—O se aleja usted en seguida, ó me promete hablar tranquilamente, como un compañero. ¿Conviene el trato?... Está bien; puede usted seguir aquí, pero no permanezca por eso silencioso y de mal humor. Hable, cuénteme cosas interesantes. Diga qué le pasó á nuestro don Pedro al ver desde su refugio, en el reino de Aragón, cada vez más numerosos sus enemigos, teniendo que luchar contra dos Papas rivales. Deseo saber en qué paró esa guerra de los tres Pontífices.

Borja empezó á hablar con menos entusiasmo que otras veces. Un nuevo personaje había surgido en el Norte de Europa con el propósito de dar fin al cisma. Era joven y laico, Segismundo, rey de Bohemia, hijo del emperador Carlos IV, que á su vez se veía elegido por los señores de Alemania para ostentar la corona imperial.

—El ser «rey de romanos» ó emperador de Alemania—continuó—era un cargo honorífico, una herencia puramente teatral del antiguo poder de los Césares, que en realidad había terminado con Carlomagno. Los emperadores de Alemania, en aquellos siglos, eran fuertes si tenían dinero y soldados propios; cuando no se podían proporcionar estos elementos para imponer respeto, sus mismos electores, los príncipes alemanes, se reían de ellos, é iban de un lado á otro como huéspedes aparatosos y mendicantes. Segismundo sólo poseía un reino, la Hungría, pues su dominación sobre Bohemia fué aparente muchos años; pero supo inspirar confianza á los que le rodeaban y vió un motivo de gloria personal en la extinción del cisma, imponiendo su autoridad laica á los tres grupos de Pontífices y cardenales en que estaba dividida la Iglesia.

Los pueblos de la cristiandad se mostraban fatigados después de treinta y siete años de cisma. Cada uno de los Pontífices abusaba de las naciones bajo su obediencia, pidiéndolas incesantemente dinero para esta guerra eclesiástica. Los cardenales eran los que más habían favorecido al principio tal división con sus nuevas elecciones de Pontífices y sus resistencias á un acuerdo definitivo. Esto les servía para obtener nuevos empleos y riquezas. Pero tan largo desorden había acabado por quebrantar la fe de los creyentes. Las muchedumbres se acostumbraban á burlarse de los diversos Papas y sus ruidosas querellas. En varios países empezaron á surgir doctores de palabra ardiente proclamando la necesidad de una reforma profunda, no solamente en la organización de la Iglesia, sino también en sus doctrinas, volviendo á la sencillez evangélica de los tiempos de Jesús.

El miedo á la herejía triunfante hizo que los príncipes eclesiásticos buscasen la unión sinceramente, después de tantos años de egoísmo. La amenaza de una revolución religiosa los impulsó á una concordia inmediata.

Segismundo, de acuerdo con Juan XXIII, el Papa elegido en Pisa, convocó una asamblea universal de la Iglesia en la ciudad de Constanza. Acudieron á ella tres colegios de cardenales casi completos: el de Gregorio XII, ó sea el Papa de Roma, que huído de dicha ciudad andaba vagabundo por Italia; el de Juan XXIII, elegido por el concilio de Pisa, y todos los cardenales que habían abandonado á Benedicto XIII.