El profesor siguió corriendo ladera abajo en busca de los señores del gobierno municipal. No tuvo que ir muy lejos. Las tropas habían formado un círculo en torno á la colina y ascendían, estrechando cada vez más su anillo para que el enemigo no pudiera escapar.

Los del gobierno municipal acogieron al profesor con frialdad. Debían haber recibido órdenes superiores durante su ausencia, cambiando de opinión respecto á su persona. Sin embargo, cuando Flimnap les dijo que el gigante ya no haría resistencia, dejándose registrar y obedeciendo á cuanto quisieran ordenarle las autoridades, todos se mostraron algo más efusivos con el mediador, agradeciendo sus buenos oficios.

Por indicación de Flimnap, el ejército cesó en su movimiento ascendente, manteniéndose lejos de la Galería. Su presencia podía excitar de nuevo la irritabilidad del coloso.

Un simple destacamento de la Guardia acompañó á las autoridades y al profesor cuando se aproximaron al edificio. Flimnap empezó á dar gritos á la servidumbre para que volviesen todos á ocupar sus puestos, como si no hubiese ocurrido nada. Detrás del rebaño doméstico entró él con sus ilustres acompañantes y la escolta.

Obedeciendo sus indicaciones, un grupo de atletas había corrido á lo alto de la mesa para manejar la grúa que subía los alimentos. Ocupando su plato-ascensor pudo llegar á la vasta planicie de madera, sin necesidad de trotar por las fatigosas espirales. Los del gobierno municipal le acompañaron en su ascensión, mientras toda la escolta avanzaba por las tres patas de la mesa que se mantenían intactas.

Flimnap presentó sus acompañantes á Gillespie; y como éstos no entendían el inglés, le pudo recomendar al mismo tiempo que fuese prudente.

—Estos señores se contentan con que permita usted el registro de sus bolsillos.

Accedió el coloso, sonriendo al pensar en la inutilidad de dicho registro. Además, el catedrático quiso hacerle admitir como un gran honor el hecho de que iban á ser las hermosas muchachas de la Guardia las que huronearían en sus bolsillos, en vez de aquellas hembras feas de la policía á las que había hecho pasar un mal rato.

Cuando los apuestos guerreros de la Guardia hubieron dado fin á su infructuoso registro, los del gobierno municipal se retiraron con una expresión de ambigüedad inquietante.

—Que todo continúe aquí lo mismo—dijo uno de ellos al profesor—.
Mañana veremos qué es lo que dispone el Consejo Ejecutivo.