Este «mañana» inquietaba á Flimnap. Creyó prudente pasar la noche bajo el mismo techo que su amado gentleman, como si con ello pudiese apartar los peligros todavía indeterminados que le anunciaban sus presentimientos.
Dió órdenes á la servidumbre para que el gigante cenase como todas las noches. El desorden originado por la visita de los perseguidores de Ra-Ra no debía notarse en la buena marcha del servicio doméstico. Luego, cuando el gentleman iba á acostarse, Flimnap fingió que regresaba á la Universidad, despidiéndose de él hasta el día siguiente, pero se dispuso á pasar la noche en la cama del administrador del almacén de víveres, aunque estaba seguro de no dormir.
—¡Mañana!—pensaba—. ¿Qué pasará mañana?
Fuera de aquel enorme edificio se estaba condensando una nube de hostilidad que iba á estallar al día siguiente sobre la cabeza del gigante. Gran parte de las tropas habían quedado al pie de la colina vivaqueando. En lo alto permanecía inmóvil una escuadrilla de máquinas voladoras.
Durante la noche vió, al asomarse por tres veces, la fila circular de hogueras en torno de las cuales dormían los soldados, y sobre la techumbre del edificio los aviones, que abrían de vez en cuando sus ojos enormes, paseando sobre la tierra mangas de luz.
Poco después de amanecer, cuando el gigante estaba aún en su cama, se presentó un empleado del Consejo Ejecutivo, al que seguían varias mujeres que, á juzgar por sus trajes, pertenecían á la clase industrial de la ciudad. El funcionario manifestó á Flimnap que venía para notificar al Hombre-Montaña el acuerdo del gobierno obligándole á cambiar de traje inmediatamente. Luego presentó á los que le acompañaban, que eran media docena de sastres encargados de confeccionar los uniformes del ejército.
Declaró el profesor innecesaria la notificación, pues su gigantesco amigo había sido advertido por él de las decisiones del gobierno.
—En cuanto á lo del traje—continuó—, estos señores tendrán que esperar á que el Hombre-Montaña se haya levantado, si es que no prefieren tomarle medida mientras está tendido en su cama.
Uno del grupo, que parecía ejercer cierta autoridad sobre sus compañeros de oficio, acogió tal proposición con un gesto despectivo, expresando luego su extrañeza de que un hombre tan sabio como el profesor Flimnap creyese aún que los sastres geómetras tomaban medida á sus clientes como en los tiempos remotos.
—Nos bastará conocer el diámetro de uno de sus tobillos y de una de sus muñecas. Después, gracias á nuestros cálculos aritméticos, descubriremos las proporciones del resto de su cuerpo, cortándole un traje exacto. Además, esto no va á ser un uniforme ajustado, como el que usan los guerreros de la Guardia; es simplemente un vestido de hombre, con falda y velo.