Y al decir esto miraba el tronco enorme apoyado en la mesa.
Los enviados del gobierno, cada vez más sombríos y parcos en palabras, se consultaron con una mirada cuando salió Flimnap para decirles que el Hombre-Montaña deseaba cambiar de ropas dentro de su vivienda. Al fin aceptaron, exigiendo únicamente que el gigante saliese con su nuevo vestido de hombre, para que la muchedumbre se convenciera de que se habían cumplido las órdenes gubernamentales.
Una larga fila de cargadores entró en la Galería llevando á cuestas el nuevo traje, enrollado como un gran toldo.
Rió Gillespie cuando estos atletas lo extendieron bajo su vista. La exigencia de los pigmeos resultaba tan cómica, que ahogó en él todo intento de indignación. Pero volvió á fruncir el ceño cuando el profesor le pidió que se despojase de su chaqueta y sus pantalones, conservando únicamente la ropa interior.
—No me diga que no, gentleman—suplicaba Flimnap juntando las manos—. Siga mis consejos. Esto no es mas que una pequeña molestia, y representa la tranquilidad para usted y para mí. Los señores del gobierno le dejarán en paz si le ven sumiso á sus órdenes. Además, el traje viejo quedará aquí, á su disposición; este nuevo es únicamente para cuando se presente en público.
Gillespie, conmovido por la vehemencia del doctor, acabó accediendo á sus deseos. Se despojó de su antiguo traje, que en realidad estaba maltratado y con numerosas roturas, cubriéndose luego con la suelta túnica que le habían fabricado los sastres del país. Finalmente se echó sobre la cabeza un velo hecho de lona de la que fabricaban los pigmeos, y que más bien parecía la vela de un antiguo navío.
—Ahora debe usted salir, para que le vea la multitud—dijo Flimnap—.
Es necesario; lo exigen así los representantes del gobierno.
—No—dijo rotundamente Gillespie.
Se convenció el profesor de que sería inútil su insistencia. Además, la negativa del gigante parecía quebrantar su propia credulidad. ¿Sí pretenderían engañarle á él también los enviados oficialas?… Los buscó fuera de la Galería, volviendo con uno de ellos, que mostraba un rostro sombrío, vacilando mucho antes de contestar á sus preguntas.
—Gentleman—gritó Flimnap—: el digno señor que me acompaña, así como los otros representantes del gobierno, afirman que puede usted salir de aquí sin miedo y mostrarse al público, pues su vida no corre ningún peligro. ¿No es así, señor?—añadió, dirigiéndose á su acompañante.