Este le contestó con unas cuantas palabras en el idioma del país, y su respuesta pareció satisfacer á Flimnap.

Al fin, el gigante, aburrido de tantas mediaciones y no queriendo que los pigmeos le creyeran miedoso de su poder, accedió á salir de la Galería.

Un zumbido inmenso se levantó del suelo saludando su presencia. La muchedumbre lanzó aclamaciones, pero éstas no iban dirigidas á la persona del Hombre-Montaña, como días antes, sino á su nuevo traje, en el que veían un símbolo de abdicación y de esclavitud.

Adivinando otra vez la hostilidad que le rodeaba, Gillespie quiso retroceder hacia su vivienda, pero un leve abejorreo sonó en torno á su cabeza. Al levantar los ojos, pudo ver las sombras fugaces que proyectaba en su evolución circular toda una escuadrilla de máquinas voladoras. Sintió un agudo latigazo en una muñeca y luego otro igual en la muñeca opuesta. A continuación, una especie de lombriz metálica, fría y cortante, se arrolló á su cuello. Los aviones arrojaban sus cables metálicos animados por una vida eléctrica, y éstos iban reptando sobre su cuerpo, enroscándose á todas las partes salientes en las que podían hacer presa sus anillos. En un instante se sintió prisionero é inmovilizado por este manojo de serpientes atmosféricas. Sintió que su cólera le daba una fuerza sobrehumana, y quiso retroceder para meterse en la Galería, tirando de sus adversarios aéreos.

Su primer movimiento hacia atrás hizo vacilar á las máquinas inmóviles en el aire; pero éstas, pasada la sorpresa, tiraron todas á la vez en dirección opuesta. El pobre gigante no pudo resistirse á las energías mecánicas conjuradas contra él; se sintió empujado brutalmente, hasta caer al suelo, y luego arrastrado un largo espacio, derramando sobre la huella que dejaba su cuerpo dos regueros de sangre. Los hilos metálicos partían sus carnes como el filo de un cuchillo.

Otra vez quedaron inmóviles en el espacio las máquinas voladoras al ver al coloso tendido en mitad de la ladera, cerca ya del cordón de tropas. No quisieron continuar su arrastre y aflojaron los cables para que sintiese menos su cortante tirantez.

Reconociendo la inutilidad de sus esfuerzos y humillado por su caída, Gillespie sólo supo llorar. La muchedumbre, al ver sus lágrimas, prorrumpió en una carcajada sonora. Nunca le había parecido tan gracioso el Hombre-Montaña.

El profesor, atolondrado por la caída del coloso, corrió detrás de él dando alaridos de indignación. Luego, al ver que lloraba, lloró igualmente; pero, á pesar de su pusilanimidad, pensó que las lágrimas no podían resolver nada y su dolor se convirtió en indignación.

El grupo de enviados del gobierno avanzaba hacia el caído, y Flimnap lo increpó.

—Esto es una infamia. Ustedes me han dado palabra de que el
Gentleman-Montaña no corría ningún peligro.