Además, miss Margaret estaba allí, arrodillada en la palma de su mano, tendiendo los brazos en actitud implorante, y no es correcto que un gentleman se deje rogar por una señorita que pide protección, y más si esta señorita es su novia.
Miró hacia el puerto, que dominaba en gran parte con su vista. Luego volvió los ojos hacia la cumbre de la colina ocupada por la Galería de la Industria.
—Miss Margaret—digo con inflexiones cariñosas de voz—, haré lo que usted me mande.
Pero reconociendo su error, se rectificó, añadiendo:
—Doctor Popito, salvaremos á Ra-Ra y nos iremos de este país, que va resultando poco agradable.
Luego hizo preguntas á la joven para conocer las últimas noticias de la revolución, y, sobre todo, si eran muchas las fuerzas militares que habían quedado en la capital. Popito, satisfecha de las promesas del gigante, habló con más tranquilidad.
Las nuevas recién llegadas eran malas para el gobierno. Los hombres habían suprimido la dominación de las mujeres en catorce Estados; la agitación iba en aumento en toda la República.
—Sin embargo, gentleman, yo no tengo el entusiasmo ciego de Ra-Ra, y veo más claramente que unos y otros. La revolución de los hombres ha fracasado. Su primera condición de éxito era la sorpresa, y ésta ha dejado de ser posible. Los hombres ya no pueden vencer en unos cuantos minutos, como vencieron las mujeres gracias á los rayos negros. Esto no es una revolución, es una guerra, y una guerra larguísima, igual á todas las del pasado. Se sabe que empieza ahora, pero nadie puede decir cuándo terminará. El invento de la coraza vaporosa hecho por los hombres les ha servido para poder utilizar las armas antiguas; pero estas armas son viejísimas, y aunque las ha conservado mucho la limpieza de los museos, estallan y revientan frecuentemente, por no poder resistir su ancianidad las funciones ordinarias de la juventud.
»Además, las municiones son tan antiguas como las armas, y los explosivos que duermen hace tantos años en el ataúd metálico de las cápsulas se inflaman de una manera caprichosa ó insisten en seguir silenciosos para siempre. De cada cien tiros sale uno. Las mujeres, por su parte, al ver la impotencia de los rayos negros, apelan á las armas de los hombres, aunque las manejan peor que éstos. El gobierno quiere fabricar nuevas municiones, y todas las universitarias dedicadas á la ciencia estudian desde hace dos días incesantemente para resucitar los secretos malignos y destructores de los varones, que voluntariamente fueron olvidados.
»Pero aunque los descubran, ¿cómo aprenderán las mujeres el manejo de tanta cosa peligrosa y mortífera? Las próximas batallas, ó tal vez las que se están dando en este momento, serán con armas blancas. Unos y otros apelarán á la espada, á la lanza, á la saeta, como antes que Eulame trajese los inventos de los Hombres-Montañas, y en esta lucha de músculos y de agresividad feroz, el hombre va á acabar por vencer á la mujer. ¡Pero esto tardará tanto!… Antes de que la guerra termine serán muchas las víctimas, muchísimas; entre las primeras figurará Ra-Ra, si usted no lo remedia … y yo moriré.