Esto último no podía tolerarlo Edwin Gillespie.
—¿Morir usted, miss Margaret … digo Popito?
Únicamente podría ocurrir una cosa tan absurda después que él hubiese muerto.
—¡Sálvelo usted!—insistió la joven—. Llévenos lejos de aquí. Este es un país donde no queda sitio para nosotros.
De la misma opinión era el gigante. Volvió á mirar en torno de él, y vió la playa desierta. Ni un solo carro de avituallamiento, ni un emisario que le trajese explicaciones acerca de su futura alimentación. Decididamente, le habían olvidado.
Gillespie, ruborizándose un poco, empezó á hablar con cierta dificultad, como si abordase un tema algo inconveniente:
—Miss, los compatriotas de usted me han dejado en un traje poco presentable. Verdaderamente, mi facha no es para acompañar á una señorita. Usted va á venir conmigo, y yo no sé dónde meterla, pues las ropas ligeras que me cubren en este momento carecen de bolsillos.
Quedó en actitud reflexiva, acariciándose la mandíbula inferior con la mano que tenía libre, mientras sostenía á la joven en la palma de la mano opuesta.
—¿Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza?
Popito, á pesar de sus tristes preocupaciones, contestó con una pálida sonrisa.