Ella estaba dispuesta á seguir al gigante, arrostrando los mayores peligros, para salvar á Ra-Ra. Debía tratarla como á un camarada, sin miramiento alguno.

—Instálese usted ahí como pueda.

Y al decir esto, el gigante levantó su mano derecha, colocándola al nivel de la cúspide de su cráneo. Popito saltó entre los negros matorrales de la cabellera, buscando un lugar á propósito para sentarse.

—Agárrese con fuerza á un mechón—dijo Gillespie—. No tema hacerme daño. Todo lo que venga de usted es para mí una caricia.

Después de estas palabras galantes, añadió:

—Viajará usted un poco sacudida, pero la primera parte de nuestra expedición conviene que sea rápida. Vamos ahora, miss Margaret, á mi antigua vivienda. Necesito mi traje y otra cosa que guardo allá, sin la cual reconozco que valgo muy poco. Creo recordar el camino, pero, si me extravío, adviértamelo inmediatamente. Nos conviene llegar antes de que nuestros enemigos hayan adivinado mi intención.

Y empezó á marchar á grandes zancadas, procurando mantener rígido su cuello; pero esto no libró á la joven de un vaivén igual al de un navío en un mar tormentoso. Agarrada á dos mechones de cabellos y contrayendo sus brazos, se defendió de este rudo movimiento, á la vez que seguía con mirada atenta la marcha de su gigantesco portador.

—Muy bien, gentleman. Eso es. ¡A la derecha!… Ahora siempre de frente.

Habían llegado al puerto, y Gillespie, marchando por una avenida exterior de la ciudad, avanzó hacia la colina en cuya cúspide se elevaba su antigua vivienda. Las gentes del puerto, que estaban ayudando al embarque de material de guerra para las islas amenazadas de sublevación, se esparcieron por las calles gritando la terrible noticia.

—¡El Hombre-Montaña se ha escapado!… ¡El gigante se marcha de la capital!…