Y el gigante, con su bronca voz, se unía á este lamento acariciador, repitiendo monótonamente:

—No se muera usted, miss Margaret…. ¡No se muera!

De pronto Ra-Ra lanzó un chillido casi femenil:

—No me contesta…. ¡Ha muerto!… ¡ha muerto!…

Así era. Hacía mucho tiempo que él hablaba, sin que la joven pareciese oirle. Su última sonrisa se había inmovilizado, convirtiéndose en una mueca fría y lúgubre.

Ra-Ra levantó uno de los brazos de su amada, y el brazo volvió á caer con la inercia de la muerte. Entreabrió sus párpados, y sólo pudo encontrar un globo vidrioso y empañado, del que había huído toda luz.

—¡Ha muerto, gentleman!—gritó llorando como un niño.

Y el gentleman permanecía cabizbajo, mirando fijamente su mano, en cuya palma acababa de desarrollarse la tragedia amorosa de su propia vida.

Pasó mucho tiempo … ¡mucho! Ra-Ra, tendido junto al cadáver y abrazado á él, lloraba y lloraba incesantemente. Gillespie seguía inmóvil, sin hacer ningún gesto de dolor, considerando inútil la exteriorización de su pena, pues contaba con un «otro yo» ocupado en derramar sus propias lágrimas.

A la caída de la tarde, un fuerte deseo de actividad hizo salir á Edwin de esta inercia. Un gentleman debe al cadáver de la mujer amada algo más que una dolorosa contemplación.