Pensó en los cementerios de su América, verdes, rumorosos, abundantes en flores y mariposas, verdaderos jardines que sirven de lugar de cita á los enamorados y asoman sus tumbas entre frescas arboledas al borde de riachuelos que se deslizan bajo puentes rústicos. De estar allá, construiría en uno de estos paseos, que con su sonrisa primaveral parecen burlarse del miedo á la muerte, un gracioso monumento para depositar á Popito, y la visitaría todas las tardes llevándola un ramo de flores. ¡Pero aquí, en medio del mar, tan lejos de las tierras habitadas por los hombres de su especie!…
Creyó ver que el adorable cuerpo de miss Margaret empezaba á descomponerse. Tal vez era ilusión de sus ojos, pero el mármol de su palidez parecía haber tomado un tono verdinegro, con estrías que denunciaban la podredumbre interior. Resultaba preferible no presenciar la desagregación material y desesperante de este cuerpo adorado. Además, su deber era darle sepultura inmediata en el mar, ya que no podía hacerlo en tierra.
Tomó á un mismo tiempo con sus dedos el cadáver de Popito y el cuerpo de Ra-Ra, depositándolos de nuevo sobre la chaqueta. Luego hizo una rebusca entre los objetos amontonados en la barca después del registro realizado por la marinería de la escuadra del Sol Naciente, y encontró una pequeña caja de cigarros que él había tomado en su camarote al ocurrir la voladura del paquebote. Los pigmeos la habían dejado vacía después de llevarse las seis columnas de hierba prensada, obscura y picante que contenía su interior, tan altas como sus cuerpos. Esta caja iba á ser el féretro de la dulce Popito.
Empezaba á ponerse el sol, cuando Gillespie pasó á la popa con la cajita en su diestra. Ra-Ra, como si presintiese el peligro, se puso de pie, y al fijarse en la mano del gigante adivinó su intención, gritando con voz desesperada:
—¡No quiero!… ¡No quiero!
Luego, comprendiendo que su resistencia resultaría inútil ante las fuerzas del coloso, apeló á la súplica:
—Déjela aquí, gentleman. ¿Por qué me la arrebata? Esa tumba que quiere darle es tan enorme, ¡es tan fría!… Usted es bueno, gentleman; usted me ha protegido siempre. Atienda mis ruegos.
Pero el gigante le hizo retroceder con el dorso de una de sus manos, tomando después el cadáver para depositarlo en la cajita.
Iba á cerrar su tapa, cuando Ra-Ra se abalanzó sobre ella.
—Métame á mí también—dijo—. Donde Popito vaya debo ir yo. Nos lo hemos jurado muchas veces. ¿Por qué se empeña en separarnos?…