La mano del gigante volvió á repelerle, mientras dos lágrimas se desplomaban de los ojos de Gillespie, cayendo en el interior de la cajita.
Cerró lentamente la tapa, volviendo con una presión de sus dedos á hacer penetrar las tachuelas en sus antiguos orificios.
Ya se había ocultado el sol, dejando en el horizonte una barra roja entre vapores flotantes de oro mortecino.
Otras dos gotas enormes de llanto vinieron á caer sobre la cubierta del improvisado ataúd.
Mientras tanto, Ra-Ra lanzaba continuos lamentos, iguales á los aullidos de una bestezuela herida muy lejos … muy lejos….
—¡Adiós, Margaret!—murmuró Edwin.
Y sacando un brazo fuera del bote, dejó caer la caja de cigarros.
Flotó sobre el agua unos instantes, y luego se fué al fondo bajo el peso de alguien que acababa de arrojarse sobre ella.
Era Ra-Ra, que había saltado fuera de la embarcación para abrazarse al féretro, desapareciendo con él.
Y Edwin Gillespie, como si temiera quedarse solo, obedeciendo á una voluntad superior y misteriosa que le empujaba con fuerza irresistible, imitó á Ra-Ra, lanzándose también de cabeza en el mar.