XVI
Donde el Hombre-Montaña deja de ser gigante y da por terminado su viaje
Se vió envuelto en pegajosa obscuridad. Una fuerza voraz tiraba de él, absorbiéndole. Así fué descendiendo á las regiones inferiores, donde las tinieblas eran aún más densas.
Braceó desesperadamente al sentir las primeras angustias de la asfixia, dando al mismo tiempo furiosas patadas en el ambiente líquido. Tenía la certeza de que iba á morir ahogado, y esto mismo comunicaba á sus fuerzas un nuevo vigor.
—¡No quiero morir, no debo morir!—se decía Edwin.
El egoísmo vital se había apoderado de él, borrando las tristezas sentimentales de poco antes. Ya no se acordaba de la dulce Popito ni de Ra-Ra, suicida por amor. Este pigmeo podía matarse, era dueño de su vida, y él no pensaba negarle el derecho á disponer de ella. Pero el Gentleman-Montaña no alcanzaba á comprender en virtud de qué razones debía imitar al otro, solamente porque se parecían, como una persona se asemeja á un retrato suyo en miniatura.
Como el joven americano deseaba prolongar su vida, agitó brazos y piernas, no sabiendo en realidad si el abismo seguía absorbiéndolo ó si lograba remontarse poco á poco hacia la superficie.
Su deseo era terminar lo más pronto que fuese posible esta vida flotante y anormal, en la que su cuerpo tenía que luchar contra las leyes físicas, trabajando desesperadamente por libertarse de los tirones de la gravitación. Sólo aspiraba á encontrar un punto de apoyo, algo sólido que poder asir con sus manos.
Tan vehemente era este deseo, que no tenía en cuenta la magnitud del objeto. Una botella cerrada, un simple tapón flotante, bastarían para sostener todo su cuerpo. Lo esencial era encontrar donde agarrarse.
Y de pronto su mano derecha sintió el duro contacto de una madera pulida y firme.