Se cogió á ella con la crispación del que va á morir; la oprimió como si pretendiese incrustar sus dedos en la venosa y compacta superficie. Después pegó á ella su otra mano, y, apoyándose en este sostén, fué elevando todo su cuerpo.

Tan grande resultaba la violencia del esfuerzo, que la madera crujió, esparciendo un sonido de rotura á través del ambiente líquido y pegajoso.

Poco á poco sacó la cabeza fuera del agua y vió que había cerrado la noche. Pero la lobreguez nocturna estaba cortada por el resplandor de un sol rojo cuyos rayos parecían de sangre flúida.

Este sol lo tenía sobre su cabeza, é instintivamente volvió los ojos para verlo. Era simplemente una lamparilla eléctrica resguardada por un vidrio cóncavo.

Aturdido por tal descubrimiento, cerró los ojos para condensar sus sentidos y poder apreciar lo que le rodeaba sin absurdos fantasmagóricos. El hecho de que el sol se convirtiese de pronto en una lámpara eléctrica le hizo sospechar que estaba dormido ó que el descenso al abismo oceánico había perturbado sus facultades mentales.

Volvió á abrir los ojos, limitándose á mirar enfrente de él. Lo primero que vió fué sus pies descansando sobre algo que estaba más alto que el suelo; después contempló este suelo, que era de madera limpia y brillante, con ensambladuras muy ajustadas; y más allá, como último término, una barandilla recubierta exteriormente de lona pintada de blanco. Sobre esta baranda se abría una obscuridad misteriosa que parecía exhalar el aliento salitroso del infinito.

Sintió dolor en las manos á causa de la tenacidad con que estaban agarradas al objeto providencial que le había servido de punto de apoyo en su agonía de náufrago.

Los ojos de Gillespie, todavía mal abiertos, siguieron la longitud de uno de sus brazos, en busca de las manos, para encontrarlas al fin agarradas á una madera de color de manteca, pulida y brillante. Esta madera afectaba una forma que no era desconocida para Edwin.

Después de examinarla con los titubeos de un entendimiento todavía confuso, acabó por descubrir que era el brazo de un sillón. Una vez hecho este descubrimiento, todo lo demás resultó fácil para él; sus facultades despertaron instantáneamente, ayudándose unas á otras.

Se dió cuenta de que estaba sentado en un sillón, con las piernas extendidas. Luego se incorporó, soltando el brazo de madera, que dejó oir un nuevo quejido de quebrantamiento al verse libre de la desesperada opresión. Rápidamente fué reconociendo el verdadero aspecto de todo lo que le rodeaba. El sol rojo no era mas que una lámpara eléctrica de las que alumbran el puente de paseo de un paquebote.